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El escritor de culto, una especie en extinción

Especial El escritor de culto, una especie en extinción

Carlos Rey España /

La próxima semana se reedita en español El amo del corral, la primera novela del malogrado escritor estadounidense (pero nacido en El Escorial) Tristan Egolf. Protagonizada por un antihéroe quijotesco, casi desde su publicación recibió el calificativo de “de culto”, acrecentado aún más tras la muerte de su autor, que se suicidó de un disparo a los 33 años. Egolf, en efecto, cumplía con muchos de los requisitos que se asocian a ese perfil: una obra atípica, con éxito de la crítica e indiferencia comercial, una historia personal novelesca (activista anticapitalista, músico punk y publicado originalmente por la editorial Gallimard) y una vida truncada demasiado pronto. Esta recuperación de su obra más conocida incide, por supuesto, en ese estatus, lo que nos sirve también para hacernos una pregunta: ¿Existen hoy en día los “escritores de culto”?

Responder a esa pregunta implica primero hacerse otra, ya que la definición de escritor de culto nunca ha estado tallada en piedra. La definición puede variar en función de los intereses de quien la use, pero hay tres características que parecen clave: el prestigio del autor entre la crítica y sus compañeros de profesión, una obra que se aleja de los cánones habituales y que, por ello, no goza de éxito comercial y una personalidad o vida personal atípica o dramática que añade una capa más de diferencia. También es una categoría cambiante: John Kennedy Toole pasó de escritor de culto a súperventas, aunque no pudiese verlo en vida. Algo similar se puede decir del Roberto Bolaño anterior a Los detectives salvajes. En un artículo de Leila Guerriero en Babelia en el que participaron numerosos autores, se incluía una pequeña lista: Antonio Di Benedetto, Thomas Pynchon, Sergio Pitol, Julio Ramón Ribeyro, David Foster Wallace, Denton Welch o Macedonio Fernández eran algunos de ellos.

Pero si bien podemos distinguir de manera más o menos clara a los autores de culto del pasado resulta más complicado hacerlos con los presentes. ¿Quién merece esa calificación? Podrían ser el argentino César Aira, dueño de un universo propio, o el mexicano Yuri Herrera, pero los ejemplos escasean. Ese hecho, que en sí no es bueno ni malo, en realidad sirve para explicarnos algunas cosas no solo de la manera de escribir actual (o maneras), sino también del mercado editorial y de cómo nos relacionamos con la literatura.

El escritor de culto del pasado nacía en un contexto editorial muy distinto, en el que se publicaba muchísimo menos y seguramente también había un público lector más reducido. Las oportunidades de ganarse un hueco eran, por tanto, más limitadas. Al mismo tiempo, algunos géneros eran considerados menores, y un autor de ciencia ficción, terror o fantasía se veía a menudo abocado a pequeños círculos de fans. El propio oficio de escritor se ha profesionalizado, con una red estructural, que va desde agentes a escuelas de escritura, premios, ferias y encuentros de todo tipo que sirven para visibilizarse, por mucho que la competencia sea feroz.

Los lectores han cambiado, abarcando más áreas de interés y géneros, absorbiendo lecturas de diferentes tipos y generando en sí mismos pequeños mercados. Podríamos decir que hay menos escritores de culto, pero más escritores con un culto propio: autores que no llegan a ser súperventas, pero que cuentan con un buen número de seguidores que se identifica de manera especial con su obra. Quizás otra cosa que ha cambiado, y esta sí para mal, es que cada vez es más difícil encontrar ese tipo de autores heterodoxos, formados a sí mismos con lecturas en los márgenes, y que han hecho de esa manera de entender la literatura su vida.


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