Especial Los escritores frente a la guerra de Trump: un silencio demasiado grande
Desde el sábado pasado, vivimos uno de esos momentos históricos que fagocitan todo lo demás que esté pasando. El ataque de Estados Unidos e Israel a Irán sigue escalando día a día, y las consecuencias de esa decisión todavía se nos escapan, aunque ninguna perspectiva parece demasiado optimista. Mientras tanto, cada persona con un móvil y una cuenta en redes sociales parece haberse convertido en experta en geopolítica. Asistimos cada día a análisis a favor y en contra, la mayoría marcados por la preferencia política de quien lo escribe. Entre todo ese torrente de opiniones, intentos de análisis y movimientos de arrimar el ascua a la sardina ideológica, hay una ausencia imposible de obviar para cualquier lector asiduo: ¿Donde están los escritores y las escritoras?
Un repaso a las redes sociales de los autores a los que seguimos habitualmente nos confirma esa impresión: algunas menciones a lo que está pasando, pocas, y sin demasiada profundidad, salvo contadas excepciones. Si hacemos el mismo ejercicio en países anglosajones, las voces aumentan algo, en especial con figuras muy públicas como Stephen King que son habitualmente críticas con Donald Trump.
Por supuesto, muchos escritores y escritoras también tienen sus columnas de opinión, y seguramente en los próximos días aparezcan algunas sobre el momento que estamos viviendo. Otros ya lo han venido haciendo: por ejemplo, se publica en estos días Esto ha sucedido, recopilación de los artículos de Juan Gabriel Vásquez para El País en los últimos años. Leerlos ahora no hace sino confirmar las peores sospechas de hace un tiempo: los peligros de Trump o la oligarquía tecnológica estadounidense ya se mostraban en ellos claramente.
Sin embargo, la respuesta del mundo literario ante la deriva del mundo a la que asistimos no es ni mucho menos abrumadora. Por supuesto, no todos los escritores tienen por qué tratar la actualidad, por muy grave que sea, en sus textos, y mucho menos en sus redes sociales (si las tienen), pero resulta llamativo que el papel que solían tener los escritores ante los grandes problemas de las sociedades se haya ido diluyendo. La figura del intelectual que se implicaba en el debate público, por muy pomposa y pretenciosa que nos pueda parecer ahora, podía servir para elevar la conversación entre el ruido y los intereses cruzados.
¿Cuáles son los motivos para que esa figura se haya perdido? Muy posiblemente, una combinación de factores y no una única causa. Por un lado, las voces, por muy sensatas que sean, se pierden entre el ruido de las redes sociales, y no son pocos los que han desistido de entrar en batallas que desgastan la energía y el ánimo. Por otro lado, los medios (los tradicionales y los sociales) hace tiempo que optaron por dar protagonismo a voces que no apuestan por la reflexión o el análisis, en busca de un espectáculo de contrarios que aviva las pasiones y arrincona al pensamiento. Lo normal es que cunda el desánimo, o se busquen otros escenarios, incluso más íntimos, para expresar las opiniones. Incluso podríamos añadir que la literatura no ha sido habitualmente el medio para el análisis rápido, apresurado, y muy a menudo necesita de cierto tiempo para conformar su discurso.
Pero todo lo anterior no debería llevarnos a dejarnos en manos de las opiniones altisonantes y la desinformación. Quizás más que nunca, necesitamos voces que, en medio del caos, nos ayuden al menos a reconducir el diálogo. Y nadie sabe hacer mejor eso, interpretar la realidad de una manera pausada y profunda, como los escritores.