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Alma Delia Murillo y el dolor que no desaparece: Libros frente a la herida de los desaparecidos en México

Alma Delia Murillo aborda la crisis de los desaparecidos en su país en una novela que habla de sus familias y su búsqueda.

Alma Delia Murillo (foto: Librotea)
Alma Delia Murillo (foto: Librotea)
Guillermo Arenas España /

Raíz que no desaparece es un libro tan bello como terrible. En el, la mexicana Alma Delia Murillo parte de un problema social casi inimaginable, el de los desaparecidos en México, para crear una obra que es humana y emocionante. 

Partiendo de un árbol enfermo en la plaza de Ciudad de México en la que se reúnen los familiares de las chicas y chicos que engrosan cada año las estadísticas de los que no regresan, traza un mapa humano de esas familias y de su búsqueda. Al mismo tiempo, busca pistas en la naturaleza que crece en lo que pueden ser fosas comunes. 

Un libro que podría ser una crónica periodística, pero que se implica de manera mucho más profunda, y que encuentra belleza en el horror. Hablamos con Alma Delia Murillo de una novela que le ha dejado secuelas, tanto físicas como emocionales, y nos recomienda otros libros sobre los desaparecidos en México. 

Video: entrevista con Alma Delia Murillo

El drama de los desaparecidos en México: entrevista con Alma Delia Murillo
Alma Delia Murillo

Explica Alma Delia Murillo que el de los desaparecidos es un problema que existe desde que tiene memoria. “Soy una mexicana de 48 años y, por lo tanto, tengo un recorrido de distintos gobiernos y oposiciones, de todos los colores, todas las posturas: centro, izquierda, derecha… y he visto acumularse esta emergencia de las personas desaparecidas”, cuenta. “Particularmente, en los últimos 15 o 18 años se ha desbordado. 100.000 personas desaparecieron en ese periodo y, en total, el dato oficial dice 134.000. He crecido y me he hecho una ciudadana adulta escuchando esto”.

Raíz que no desaparece

Raíz que no desaparece

Alma Delia Murillo
ALFAGUARA

Este hecho es, para Murillo, imposible de obviar. “El oído siempre está allí, un poco recibiendo la latencia social”, señala. “Yo tengo interés en estos temas; mi corazón está allí y no tengo más explicación que esa. Venía de escribir sobre diez mujeres víctimas de feminicidio en México, que es otro de los grandes dolores de mi país, y eso ya me dejó muy sensibilizada, sobre todo con la posibilidad de que las familias, las madres de estas chicas o las madres de personas desaparecidas, puedan contar desde un lugar con belleza y evocando la vida de estas personas”.

Todo eso cristalizó con un hecho que podría parecer anecdótico, pero que funcionaba como metáfora a distintos niveles. “Cortaron la palmera que había en la avenida Reforma y pusieron un ahuehuete, un árbol que se murió, y para mí era la metáfora perfecta”, cuenta. “Ese árbol se ha muerto, rodeado de familias preguntando dónde están nuestros hijos. Y yo dije: ese árbol está aliado con los colectivos buscadores y tengo que ir por ahí”.

Acercarse a las familias de los desaparecidos en México

Desde el comienzo, Alma Delia Murillo planteaba Raíz que no desaparece como un libro en el que el acercamiento a las familias de los desaparecidos iba a ir más allá de documentar su lucha. “Eso que muchas veces las mujeres decimos de “poner el cuerpo” era muy importante, porque este tema está tan desbordado en México que, de pronto, hay quien empieza a sacar partido político de ello o a contarlo desde un lugar muy morboso”, señala. “Yo sabía que no era ético escribir sin acompañarlas, sin poner el cuerpo, sin estar en jornadas de búsqueda, como relato en la novela. A la vez, sabía que tenía que hacer esta suerte de trabajo de campo sin ser periodista, pero nunca perdí el horizonte: yo quería escribir una novela para que fuera un relato más humano, donde cupieran elementos que en el periodismo tendrían difícil cabida, como los sueños o los árboles que comienzan a hablar, botánicamente, digamos”.

Esa experiencia fue transformadora para la autora. “La implicación emocional con las familias buscadoras, por un lado, es preciosa: yo salí transformada para bien, porque entré pensando que solo iba a ser doloroso, duro y difícil. Es maravilloso acercarte a un colectivo y convivir con ellas, con sus alegrías y sus enojos, y, como en cualquier colectivo, hay una vitalidad muy conmovedora. Por otro lado, la dimensión del dolor, en mi caso, se manifestó claramente: en seis meses tuve sarampión, una bacteria en el riñón, una bacteria en la sangre, influenza, una lesión lumbar… Y creo que fue porque salí de este libro con la dimensión del dolor en la piel, y el cuerpo responde”.

La naturaleza que habla sobre los desaparecidos

Como ese ahuehuete que moría, en Raíz que no desaparece la desgracia de las familias entronca con la naturaleza, vista como una inteligencia natural que nos da pistas. “Esa línea del relato ha sido compleja de sostener porque, por un lado, bien lo dices, pareciera pensamiento mágico, pero, por otro lado, es ciencia: es la inteligencia vegetal hablando”, explica Murillo. “México es el cuarto país más biodiverso del mundo, y las fosas clandestinas están por todas partes. Se calcula que hay más de seis mil, quizás siete mil". 

Estas fosas están concentradas en zonas verdes, de bosques, a montañas. "Las familias buscadoras, las madres particularmente, han ido aprendiendo a hacer esta labor de peritaje y saben leer el entorno", explica la autora. "Si hay un lago o un río cerca, la tierra alrededor es más floja y permitiría cavar fácilmente y que haya una fosa clandestina allí; saben si el patrón de la vegetación cambió; los troncos de los árboles, cuando tienen una mancha negra, indican que allí posiblemente hubo una ejecución y se usaron materiales inflamables… Lo saben como lo saben los campesinos, que saben leer el entorno”.

Esa conexión con la tierra lleva al libro a una dimensión diferente. “La novela tiene estos insertos botánicos, aquellos que encajaban en el relato: que los árboles tienen una memoria vegetal, que las plantas se cierran ante el peligro, citando a Stefano Mancuso, o cómo un árbol podría decirse que camina, porque sus raíces se han desplazado tanto que ya se movió del sitio original en donde estaba”, explica. “Yo iba incorporando estos relatos de los árboles en los hallazgos de la novela. El mundo vegetal tiene una capacidad de mimetizarse muy sofisticada. Y, bueno, hay un hongo en México que se llama negrilla, que es muy impresionante de ver: es negro, como un brote muy extraño. En este camino de ir narrando, yo pensaba: ¿y si esa negrilla fuera una mimetización con los cuerpos necrosados que podrían estar allí debajo? Siempre que lo explico es una mezcla de saberes con un atisbo de pensamiento mágico”.

La pregunta que obsesiona a cualquiera que lea Raíz que no desaparece, en especial si era ajeno a la realidad de México, es clara: ¿Cómo es posible que esto siga sucediendo? “México son muchos Méxicos, pero hay dos muy claros y, en un país de 128 millones de personas, hay 50 millones en pobreza”, indica Murillo. “Las desapariciones se han cebado en las clases bajas, aunque cada vez se acercan más a las clases medias. Hay una indolencia social cuando estás desde el privilegio, por un lado. Por otro lado, hay un discurso oficial que ha hecho mella. Yo me sigo encontrando con mexicanos que me lo plantean como un argumento: que los desaparecidos “en algo andaban”, y ese “algo andaban” implica la sospecha de si no serán también del crimen organizado, del narco”.

“Las personas desaparecidas tienen en promedio 28 años; son muy jóvenes, que acuden a ofertas de trabajo que son cebos”, prosigue la autora. “Se presentan allí por un trabajo de conductor, cargador, vigilante o almacenista. Los despojan de sus cosas y los entrenan en lo que llamamos, con todas sus letras, campos de concentración, para esclavizarlos y trabajar para el crimen organizado: vender, distribuir, sostener… Se calcula que hay 200.000 personas allí; algunos han escapado y han podido contarlo. Lo de ‘en algo andan’ permite esta distancia. Y la otra razón, yo diría que es más profunda: es el miedo, un miedo social que hace que, mientras más diferentes sintamos a quienes les ocurre esa tragedia, pensemos que a nosotros no nos va a pasar”.

Por esa razón, Alma Delia Murillo también quería poner nombre e historias a esas familias. “Intento despojarme de eso y centrarme en quién es Ada, cómo es una madre que está buscando a su hijo, qué come, qué bebe, qué hace, de qué vive, cómo lo busca, y cómo son sus compañeras del colectivo”, cuenta. “Cómo es Marcos, qué hacía: cantaba en las fiestas, cantaba bien. Y lo que yo salí sintiendo en este relato, conviviendo con las familias buscadoras, es que su familia se parece a la mía y posiblemente a la de muchos otros que no quieren ver esa dimensión”, concluye.

Libros recomendados de Alma Delia Murillo

¿Qué lee Alma Delia Murillo?
Alma Delia Murillo

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    Un libro completamente de corte periodístico. A ella le tocó atestiguar esta masacre de un grupo de migrantes que estaban en San Fernando Tamaulipas, un estado al norte de México, y hallaron a más de 70 personas dentro de unos autobuses sin vida. Ella pudo documentar todo esto, y fue muy importante porque abrió una línea, una manera de narrar implicándose. Yo he hablado con Marcela y también las consecuencias vitales para ella han sido duras, pero es un gran texto, está muy bien escrito.

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    Venía en el vuelo de Ciudad de México a Madrid leyendo Incensurable, de Luna Miguel, y me divertí mucho, y creo que a veces también está muy bien encontrar un texto que te haga reír. Elabora sobre la censura de Lolita de Vladimir Nabokov, y tiene una postura muy simpática y muy cuestionadora de la cultura de la cancelación.

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    Rossana Reguillo

    Ned Ediciones

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    Es una intelectual mexicana muy estudiosa. En este libro, elabora por qué la violencia del crimen organizado en México ha alcanzado estos niveles inimaginables, incluso para nosotros, que venimos, hay que decirlo, entrenados en la violencia sobre los cuerpos: estos procesos de mutilación para que la “no persona” sea incluso un no cuerpo, sino trozos de cuerpos; la “basurización” de los cuerpos, porque se hallan en bolsas negras de basura, en basureros, como en el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, en esta primera hipótesis que se planteaba. Y tiene que ver con toda una maquinaria, una suerte de Estado paralelo que hay en México, que es el narcoestado o el crimen organizado. Permite entender por qué hay un punto en que esto es tan delirante que todos nos preguntamos, mexicanos y no mexicanos, qué está pasando, por qué está pasando; y entenderlo también permite decir: “ah, por aquí podría cambiar”.


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