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Confidencias e intimidades del sector editorial: entrevista y libros recomendados de Enrique Murillo

El editor, traductor y periodista cuenta sus vivencias en 'Personaje secundario', unas memorias que desnudan al sector del libro en España.

Enrique Murillo (foto: Librotea)
Enrique Murillo (foto: Librotea)
Pepe Verdes España /

Su rastro puede seguirse a lo largo de todo el sector del libro del último medio siglo en España. A él le debemos que hayan llegado a nuestras manos títulos tan respetados hoy como La conjura de los necios, entre muchos otros, pero también superventas como la primera biografía autorizada de Juan Carlos I. El editor, traductor y periodista Enrique Murillo es una de esas personalidades que ha permanecido en la sombra del sector durante décadas, pero ejerciendo un papel crucial: detectar la calidad literaria. En Personaje secundario, repasa toda una trayectoria repleta de hallazgos, decepciones y turbulencias en el sector editorial. Desde ser la mano derecha de Jorge Herralde en los años decisivos de Anagrama hasta pasar por el grupo Planeta, sus vivencias resumen la actividad de editar libros en nuestro país. Hablamos con Murillo sobre estas memorias y nos recomienda algunos de los mejores títulos que han pasado por sus manos durante su carrera.

Vídeo: entrevista y libros recomendados de Enrique Murillo

Enrique Murillo: Confidencias e intimidades del sector editorial
Enrique Murillo

¿Cuáles crees que han sido tus mayores aciertos en tu carrera, y qué libros crees que se te escaparon?

Uno es La conjura de los necios (A Confederacy of Dunces), traducido por Álvarez Flores. El editor me pidió que lo leyera para decidir si publicarlo: «Dime si va a vender». Es la pregunta del editor: calibrar el potencial comercial sin contradicciones. Me lo leí, me divertí muchísimo; era un libro lleno de excesos, casi como si nadie lo hubiera editado —y en inglés, efectivamente, no se publicó inicialmente, a diferencia del 99% de los libros—, pero triunfó de un modo absurdo. En mi informe dije un disparate, pero argumenté por qué creía que vendería, y funcionó.

Otro fue El rey, de José Luis de Vilallonga. Hoy puede parecer obvio, pero en 1993 el rey Juan Carlos I era el hombre más querido de España; se le atribuía haber frenado el golpe de Tejero. El libro era muy caro. Cuando convencí a mi director general en Plaza & Janés, me dijo: «Voy a convocar una junta; la decisión será colectiva». El director comercial y casi todos los directivos votaron en contra por el precio. El director general, a su manera germánica, dijo: “Enrique, tú tienes tu voto; yo añado el mío, que es de calidad. Lo contratamos”. Luego preguntó al director comercial —a quien llamo “Ojos Verdes”— cuánto dinero me daba para comprarlo. Me dio una quinta parte de lo necesario. Mi siguiente trabajo fue conseguir el resto; no llegué a todo, pero sí lo suficiente. Lo compramos, para sorpresa del director comercial, que tuvo que hacer cinco o seis reimpresiones en diciembre del 93.

También hubo libros literarios en los que creí yo solo. Por ejemplo, El paciente inglés, de Michael Ondaatje. Ondaatje había publicado una primera novela con Tusquets que nadie recordaba; esta segunda nadie la quería. Una scout en Nueva York me dijo: “Hay una novela con buenas críticas”, y me dio una copia para prensa. Me la leí en un viaje largo y llegué a Barcelona fascinado. Hice una oferta baja, la contraté, y el libro fracasó totalmente el primer, segundo y tercer año… hasta que llegó la adaptación al cine y vendió 100.000 ejemplares. Lo que “Ojos Verdes” decía —”otro libro de mierda de esos tuyos, Enrique”, escupiendo cada letra— se convirtió en un éxito.

De los que rechacé, el más destacado es Raymond Carver. En Anagrama, cuando Herralde quería publicarlo, a mí no me gustaba. Cada vez que alguien lo recomendaba, lo aplazábamos. Al año siguiente llegó otro libro, yo volví a decir que no, pero Herralde vio que otros editores europeos lo contrataban y al final se publicó. Herralde sabía algo de inglés, pero no para literatura; no podía fiarse de su propio criterio en algunos casos.

Otro libro que pasó por mis manos y que no apoyé —aunque en parte sí, y gracias a eso se publicó— es La sombra del viento de Ruiz Zafón. Zafón lo presentó al premio Fernando Lara. Por entonces, yo estaba «castigado» por mi directora general, Imelda Navajo, a hacer cosas que me gustaban: ser el lector de Terenci Moix, con quien podía hablar de literatura, cine, cotilleos… Mi misión casi imposible era lograr que Terenci entregara a tiempo su novela para Navidad —vendía 100.000-150.000 ejemplares—. Un día de agosto, fui a su casa. En lugar de los chascarrillos habituales, me dijo enfadado: “Si quieres que termine la novela, encárgate tú de leer estos originales”. Había seis, uno muy grueso. “Yo no pienso leer esto”, añadió. Como era miembro del jurado del Fernando Lara (y luego del Planeta), con su cinismo habitual me lo pasó a mí.

Me llevé los manuscritos a casa. No los leí todos, pero sí los informes de lectura —hechos por lectores profesionales, muchos antiguos alumnos míos—. Del más grueso, el de Zafón, leí unas cincuenta páginas. No era complejidad lo que encontré, sino un fabulador. Y a mí siempre me ha encantado cualquier escritor capaz de fabular. Aquí se fabulaba con elementos sencillos: nostalgia, un padre y un hijo, la afición a los libros, una librería llena de telarañas, un libro secreto… Se lo conté así a Terenci, y él, en la reunión del jurado, lo mencionó. Ese año ganaba una novela de Ángeles Caso, pero José Manuel Lara (presidente del jurado) tomó nota. Dos meses después, Emilio Rosales —director general de 62, entonces en Destino— me preguntó: “¿Qué dice “El Gordo” (José Manuel Lara) de publicar este libro?”. Lara había leído el manuscrito y había decidido publicarlo. Me dijo: “Léetelo”. Yo respondí: “Ya lo conozco, está bien. Publícalo”. Preguntó: “¿Cuántos? ¿Tres mil?”. “Tres mil, no pasa nada”. Esa es la historia.

Personaje secundario

Personaje secundario

Enrique Murillo
Trama Editorial, S.L.

Hablas de la diferencia de contar y narrar. ¿En qué consiste para ti una cosa y otra?

Es una intuición que he tenido siempre. El placer de contar, de formular preguntas interesantes a través de la narración, sin miedo a que se considere poco literario. De Joyce a Beckett y los postmodernistas como Pynchon, hubo un siglo en que la marca de la literatura fue el vanguardismo. Si no lo hacías, parecía que no eras escritor. Pero a partir de los 80 cambió: se recuperó la narratividad, sin adornos estilísticos ni estructuras raras, para ayudarnos a entender el desastre de la vida humana. Esa es la finalidad más noble de la literatura, como decía Faulkner.

En España, por desgracia, ningún movimiento literario nace sin destruir lo anterior. Para hacer lo que hicimos algunos —yo con poco acierto, otros como Javier Marías con mucho— fue necesario romper con el vanguardismo (el nouveau roman, etc.) y buscar otros modelos. Los míos fueron los escritores angloamericanos de finales del XIX hasta los años 20: Henry James, Stevenson, Conrad, Poe… Los traduje gratis para aprender su arte.

Un día, entrevistando a Ramiro Pinilla para XL Semanal, después de la grabación charlamos de novela. Fue él quien formuló la idea magníficamente: “En España la gente no sabe narrar. En lugar de contar las historias, las dice”. Llevado al absurdo, “decir” es como una enciclopedia: tienes todos los datos, pero no te emocionas ni piensas. Es una enumeración. Con Pinilla coincidimos en que la narración en España no ha tenido un desarrollo pleno. Tenemos el nacimiento de la narrativa moderna con La Celestina, Quevedo y sobre todo Cervantes, pero luego… el XIX no dio grandes novelas, y las que hay son copias evolucionadas de Balzac, el naturalismo, Flaubert. Valle-Inclán o Baroja no destacan por su capacidad de contar. La novela española nunca ha sido de nivel europeo; la poesía sí. En cambio, la novela latinoamericana lo es desde hace siglo y medio. Por eso, cuando surge un fenómeno como Mariana Enríquez —narradora extraordinaria—, es porque ha leído mucho y ha sabido contarlo. La generación de los ochenta, especialmente con Javier Marías —narrador excepcional, con formación angloamericana—, dio un salto. También Julio Llamazares y Cristina Fernández Cubas, cuya Mi hermana Elba estuvo dos años dando vueltas antes de que Beatriz de Moura la publicara en Tusquets. No es que no hubiera nada antes, pero sin exagerar no transmito la idea.

¿Cómo definirías profesionalmente a muchos de los autores que aparecen en ‘Personaje secundario’?

Javier Marías y yo somos amigos desde el año 73, me parece. En una de sus visitas a Londres supo que yo estaba en la ciudad. Alguien le había dado el teléfono, probablemente Félix de Azúa o Vicente Molina, y me contactó. Estuvimos charlando mucho, coincidimos en ideas literarias y en perfil humano también. Entonces, esa amistad fue larguísima, me llevó a recomendarle a Herralde que lo publicara muchísimo antes de que se presentara el premio Herralde de novela, pero no llegó a buen puerto porque relaciones que tenía Marías con personas que a Herralde no le gustaban. Hay un capítulo entero del libro, que se llama El caso de Javier Marías, donde explicó la historia entera que nunca se había contado, con datos nuevos, historias que sólo yo sabía, que ni siquiera le conté a Javier, de cosas que pasaron en torno a esta ruptura tan escandalosa.

Félix Azúa tiene un papel singularísimo, porque me devuelve a la lectura. Yo había abandonado la lectura por las chicas y el fútbol y el juego de póker y mus durante la época que va de los 14 a los 17 años o así. A los 18 vuelvo a leer pero muy desorientado: leo a Delibes y a Cela, etcétera. Y Azúa, con quien me encuentro como colega de estudios de periodismo, sin ganas de saber periodismo, me lleva desde Vargas Llosa hasta lo que quieras en literatura americana. Me convierte en un lector adulto.

Martin Amis es un escritor del que yo leo su primera novela, escrita cuando él tenía 18 años, que se llama Los papeles de Rachel y que traduzco yo mismo. Con todas las traducciones que hice tenía la posibilidad de conseguir teléfonos o correos de los autores y, cuando tenía dudas muy complejas, les llamaba y hablábamos. Lo hice con Amis, lo hice con Barnes, pero con Amis había además, una misma actitud también en relación con esa renovación literaria que significa un paso atrás y volver a la narración como buena herramienta. Esto hacía que cada vez que nos veíamos habláramos. Me tomaba el pelo cuando pasé de ser un “no empleado” de Anagrama, pero que trabajaba mucho allí y además traducía. Pasé a ser un ejecutivo de Bertelsmann en Plaza & Janés, y él me cogía la americana y decía: “Buen paño, te estás haciendo rico”.

Jorge Herralde es el mejor publisher -es decir, el mejor empresario editorial- que ha habido posiblemente en Europa durante 50 años o 60. Tal cual. Pero es un hombre al que, digamos, cierta incapacidad de identificación humana hacía de trato difícil, con un carácter realmente duro cuando estaba de mal humor, con un trato algo despectivo con los autores que llegó a su culminación cuando uno se atrevió a dudar de la verdad de cierta liquidación, Javier Marías. De modo que yo tengo que pintar, igual que de mí mismo, un retrato de un ser complejo, interesantísimo.

Lo de Carmen Balcells surge a partir de un viaje que hace ella a París. Me contó que conoció a una señora que era agente literaria que era muy amiga de sus clientes y pensé: “Carmen, es es un buen negocio, en España hace mucha más falta que en Francia, vamos a ver si lo conseguimos”, y fundó la agencia. ¿Por qué nace Carmen Balcells? Porque en España había unas malas costumbres, algo que dice Herralde y también Tusquets, que consistían en no decirle a los autores todo lo que vendían, porque como el negocio editorial es tan complicado, no te salen los números y pierdes el dinero, rascas de los royalties de los autores y, si han vendido mil, le dices 800 y, si han vendido 10.000, les dices 8.000. Eso Carmen no lo supo, porque naturalmente eso no te lo cuenta nadie, pero lo intuyó y estableció un principio muy fácil. Me lo contaba así: “Enrique, cada vez que un editor me paga royalties sé seguro que me está sisando, que no me paga todo lo que vende. Y entonces me digo a mí misma, Carmen, te has vuelto a equivocar, porque si hubieras cobrado un anticipo altísimo, irrecuperable, no te tienes que preocupar si te pagan o no te pagan, no te tienen que pagar nunca. Te dicen que han vendido tres mil, treinta mil o trescientos mil, me da lo mismo. Yo ya he cobrado 500”. Era una mujer encantadora que además no tenía pelos en la lengua.

"Ojos Verdes" no tenían los ojos verdes. Este libro antes de publicarlo, aconsejado por algún amigo abogado, lo he sometido a la lectura del abogado que me defendió de la demanda contra mí por un supuesto delito contra el supuesto honor de Malpaso, que lo leyó desde el punto de vista de las posibles ofensas al honor, y también por un abogado penalista que fue a quien hice más caso, porque él me advertía de que todo lo que fueran denuncias de cosas delictivas no podían tener referencia de nombre. Por eso Ojos verdes es Ojos verdes. Es un tipo terrible, cruel, inhumano y simpático, pobre hombre y triste. Alguien que soñaba con estar cerca de los editores que le parecían como una clase sobrehumana. Estaba muy equivocado, claro.

¿Por qué crees que has sufrido tantos despidos a lo largo de tu carrera?

Cada uno tuvo su motivo. En Alfaguara, me pidieron hacer best sellers con anticipos bajos —una contradicción—. Les expliqué que no funcionaba así; no me entendieron. Fue un despido correcto, por incompatibilidad. En Plaza & Janés, el director general que me nombró (y apoyó El rey) era tan bueno que Bertelsmann lo llevó a París a resolver problemas. Yo quedé desprotegido. Había alguien que quería hacer negocios sucios y, sabiendo que yo no lo permitiría, necesitaba que me fuera. Me despidieron. A mucha honra. En Planeta, habían despedido a la directora general que me contrató. El nuevo director general no sabía de libros; tenía un rival (un alto ejecutivo trasladado de Madrid a Barcelona) que quería su puesto. En una reunión sobre premios, llegué tarde y conté que venía de hablar con José Manuel Lara y José Creueras: el premio Planeta subía a 600.001 euros. Dije que era una barbaridad, que sugería que parte lo pagara la Fundación Lara. Mientras lo contaba, vi una mirada asesina de ese rival, que pensaba: «Este habla con la familia Lara, y yo que debería ser director general…». Ahí empezó todo.

Desde tu experiencia, ¿qué consejo le darías a los editores del futuro?

A los grandes: no es una obviedad, pero en las editoriales se lee poco. Muchos libros se publican sin leerse a fondo. A los pequeños y medianos: un editor tiene una parte artística/intuitiva y otra económica. Si no puedes con ambas, búscate apoyo donde flaquees: buenos lectores o un asesor financiero. Hay que combinarlas sin esquizofrenia. Lo contradictorio no es eso, sino el amor por la literatura y la codicia. En la gestión editorial hay cada vez más codicia, y eso es peligroso. Hay que fiarse de la intuición, pero leyendo. Y equilibrar: si publicas solo con máxima exigencia y sin pensar en lectores, arriesgas demasiado. Puedes publicar cosas un poco menos "antipáticas" para los lectores sin bajar tu nivel.

Libros recomendados de Enrique Murillo

  • Crónicas de motel

    Crónicas de motel

    Sam Shepard

    Editorial Anagrama

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    De la editorial Anagrama, yo recomendaría Crónicas de Motel, de Sam Shepard.

  • El loro de Flaubert

    El loro de Flaubert

    Julian Barnes

    Anagrama

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    Voy a recomendar traducciones mías porque son libros que me conozco muy bien y creo que todavía se puede leer con muchísimo placer: El loro de Flaubert, de Julian Barnes

  • En la frontera

    En la frontera

    Cormac McCarthy

    DEBOLSILLO

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    De Plaza & Janés yo recomendaría el primer libro de Cormac Mccarthy que publiqué, que en la traducción española se titula En la frontera, y cualquier otro de los libros de Cormac Mccarthy.

  • El jardinero fiel

    El jardinero fiel

    John le Carré

    Booket

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    También cualquiera de las últimas novelas del último periodo de diez años de John Le Carré. A mí me gusta muchísimo la literatura de género cuando tiene cierta calidad, y cuando digo calidad quiero decir complejidad. No quiero hacer gorgoritos retóricos, pero esto en España a veces se confunde mucho- Le Carré es un gran escritor, un gran narrador

  • Endurance. La prisión blanca

    Endurance. La prisión blanca

    Alfred Lansing

    Ediciones Península

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    De Planeta, voy a recomendar un libro muy diferente, precioso. ¿Por qué contratamos libros los editores? porque a lo mejor nos recuerdan nuestra infancia. Yo leía novelas de Jules Verne cuando era pequeño y cierto día fui a Nueva York, y una amiga, Carol Janeway, traductora del alemán y gran editora, me dice: ‘Acabo de ver una exposición, he encargado un libro y si lo quieres te paso el proyecto. Un libro precioso sobre la expedición de Shackleton a la Antártida. Es la historia del Endurance, atrapado por el hielo, y el rescate que salvó a toda la tripulación. Un libro ameno, que luego las escuelas de negocios usaron como lección de gestión: de un fracaso a un éxito.

  • Criaturas abisales

    Criaturas abisales

    Marina Perezagua

    Los libros del lince

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    Criaturas abisales o Leche, los dos primeros libros de relatos de Marina Perezagua.

  • Casi nada que ponerte

    Casi nada que ponerte

    Lucía Lijtmaer

    Lince

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    Casi nada que ponerte es una maravilla, me encantó por su heterodoxia completa

  • Mi cuerpo también

    Mi cuerpo también

    Raquel Taranilla

    Lince

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    El bellísimo libro de Raquel Taranilla en donde cuenta la historia terrible de su cáncer, un cáncer que contrajo con 26 años cuando está escribiendo el doctorado y que supera. Tiene que ver con la relación que hay entre el paciente y la medicina. El paciente está en horizontal y los que mandan están arriba. Es un libro de una inteligencia extraordinaria.

  • Cuadrante Las Planas

    Cuadrante Las Planas

    Willy Uribe

    Tusquets Editores S.A.

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    Podría añadir cualquier libro de Willy Uribe, un gran escritor de novela negra que ha abandonado porque no vende, fíjate lo cruel que es el mundo de las letras españolas. Un gran narrador me lo recomendó Ramiro Pinilla


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