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Novelas escandalosas inspiradas en personas reales: ¿quién se esconde detrás de estos personajes?

La nueva novela de Rachel Cusk, Life of M, ha reavivado una vieja polémica literaria: ¿hasta dónde puede llegar un escritor al convertir a una persona real en personaje de ficción?

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Lucía Rojas España /

Hay una forma especialmente eficaz de alimentar la curiosidad de un lector: decirle que detrás de un personaje de ficción puede esconderse una persona real. Si además esa persona es famosa y el retrato no resulta precisamente complaciente, la literatura se acerca peligrosamente al territorio del cotilleo. Eso es lo que está ocurriendo alrededor de Life of M, la nueva novela de Rachel Cusk, cuya protagonista, una célebre actriz llamada M, presenta numerosas coincidencias con Natalie Portman.

M fue una estrella infantil, alcanzó la fama internacional y protagonizó una película en la que interpreta a una bailarina. Vive en París, tiene hijos y mantiene una relación compleja con la fama. Son suficientes paralelismos con la biografía conocida de Portman como para que lectores y medios hayan jugado a identificarla. La novela, sin embargo, no menciona a la actriz y ni Cusk ni Portman han confirmado públicamente que M esté basada en ella.

La polémica resulta especialmente interesante porque Life of M no parece limitarse a convertir una vida célebre en material narrativo. Cusk no es, además, la primera escritora que ha provocado esta clase de especulaciones. La literatura está llena de personajes que parecen tener un modelo reconocible detrás. Algunas veces sus autores lo han admitido; otras, han jugado con la ambigüedad. Y en determinados casos, la persona retratada ha terminado resultando tan reconocible que la ficción ha generado su propio escándalo.

Orlando, de Virginia Woolf


Mucho antes de que la autoficción y las novelas inspiradas en famosos se convirtieran en terreno habitual de debate, Virginia Woolf encontró en Vita Sackville-West el punto de partida para uno de sus libros más libres y fascinantes. Orlando no es una biografía disfrazada. Es algo mucho más extraño: un personaje que atraviesa siglos, cambia de sexo y vive una existencia imposible. Sin embargo, la novela está profundamente relacionada con Sackville-West, escritora, aristócrata y amante de Woolf. La propia historia compartida entre ambas alimentó la creación de Orlando.

Aquí la persona real no queda expuesta mediante un retrato realista. Woolf hace algo más radical: convierte una relación íntima en materia de fantasía. El resultado demuestra que utilizar a alguien real como inspiración no significa necesariamente reproducir su vida, sino transformar sus rasgos y experiencias hasta convertirlos en literatura.

Plegarias atendidas, de Truman Capote

Plegarias atendidas

Plegarias atendidas

Truman Capote
Editorial Anagrama

Capote tenía una relación particularmente porosa con la realidad. Sus amigos, conocidos y figuras de la alta sociedad podían acabar convertidos en personajes, a veces apenas transformados. En Plegarias atendidas, publicada póstumamente en 1987 e inacabada, firma un auténtico roman à clef en el que el escritor retrató, apenas disfrazados, a algunos de los personajes más poderosos de la alta sociedad estadounidense. 

Por sus páginas desfilan figuras inspiradas en Tennessee Williams, Greta Garbo o el millonario Stavros Niarchos, junto a mujeres de la jet set cuyos secretos y conversaciones aparecen reproducidos con una fidelidad que resultó devastadora para las relaciones de Capote con sus antiguas amistades. El escándalo alcanzó su punto máximo con la publicación previa de algunos capítulos, que revelabas intimidades de las mujeres de la élite neoyorquina que habían confiado en el escritor. Capote había pasado de ser su confidente a convertirse en su cronista más indiscreto, y aquella traición literaria terminó cerrándole las puertas del mundo social que había alimentado su obra. 

El diablo viste de Prada, de Lauren Weisberger

El diablo viste de Prada

El diablo viste de Prada

Lauren Weisberger
Editorial Planeta


Pocas transformaciones de una persona real en personaje de ficción han sido tan populares como la de Anna Wintour en Miranda Priestly. La poderosa editora de moda de Vogue fue considerada desde el principio la principal inspiración para la jefa implacable de la novela de Lauren Weisberger.

Miranda no se llama Anna, por supuesto, pero comparte con ella el territorio profesional, la autoridad absoluta sobre una revista de moda y una reputación legendaria de exigencia. Weisberger había trabajado como asistente de la revista Vogue, una experiencia que proporcionó buena parte del material del libro. El resultado fue una novela que convirtió las interioridades de la industria de la moda en un fenómeno editorial y, después, cinematográfico.

La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe

La hoguera de las vanidades

La hoguera de las vanidades

Tom Wolfe
Anagrama


Tom Wolfe convirtió la Nueva York de los años ochenta en un gigantesco escenario de poder, dinero, racismo, ambición y desigualdad. La hoguera de las vanidades está poblada por personajes de ficción, pero su autor tomó inspiración de personas, ambientes y acontecimientos reales para construir su sátira.

El protagonista, Sherman McCoy, es un millonario de Wall Street atrapado en una espiral de consecuencias después de un accidente. Wolfe observó durante años a la élite neoyorquina y transformó sus comportamientos, discursos y obsesiones en materia narrativa. Más que buscar un equivalente exacto de cada personaje, el lector puede reconocer en ellos una clase social completa. Es otra de las grandes posibilidades de la ficción basada en la realidad: convertir a una persona concreta en símbolo de un mundo.

El adversario, de Emmanuel Carrère

El adversario

El adversario

Emmanuel Carrère
Anagrama


Aquí la frontera entre realidad y ficción se vuelve todavía más delicada. El adversario cuenta la historia de Jean-Claude Romand, un hombre que durante años fingió tener una vida profesional que no existía y que terminó asesinando a su familia cuando su mentira estaba a punto de ser descubierta.

Carrère no necesitó inventar un personaje. Tenía delante una historia real y decidió investigar qué podía haber detrás de ella. El resultado es una obra inclasificable que utiliza herramientas de la literatura para aproximarse a una persona real y a unos hechos reales. El libro introduce una pregunta fundamental para cualquier literatura basada en vidas ajenas: ¿qué derecho tiene un escritor a entrar en la intimidad de una tragedia real y convertirla en relato? En El adversario, esa incomodidad no es un problema secundario, sino parte esencial de la experiencia de lectura.

El impostor, de Javier Cercas


Algo parecido ocurre con El impostor, donde Javier Cercas reconstruye la historia de Enric Marco, un hombre que durante años se hizo pasar por superviviente de los campos de concentración nazis pese a no haberlo sido.

Cercas no se limita a contar su engaño. Utiliza la historia de Marco para reflexionar sobre la memoria, la necesidad de construir un relato sobre uno mismo y la facilidad con la que una identidad puede convertirse en ficción. En este caso, la persona real acaba enfrentándose a una operación inversa a la habitual: Marco había inventado una vida para sí mismo y Cercas convierte esa mentira en literatura. La novela plantea así una paradoja fascinante: a veces la realidad resulta tan novelesca que el escritor apenas necesita inventar nada.

Harvey, de Emma Cline


Emma Cline lleva hasta uno de sus extremos más incómodos la posibilidad de convertir a una persona real en personaje de ficción. En Harvey, la autora se introduce en la mente de Harvey Weinstein, aunque prescinda de su apellido, para imaginar las horas previas a la sentencia del productor de Hollywood, condenado por delitos sexuales.

Cline no escribe una biografía ni reconstruye su trayectoria: utiliza la ficción para acercarse a un hombre cuyo nombre se convirtió en símbolo del abuso de poder en la industria cinematográfica y explorar cómo podría percibirse a sí mismo cuando está a punto de perderlo todo. El resultado es una novela breve, perturbadora y deliberadamente incómoda, que plantea una pregunta especialmente difícil: ¿hasta dónde puede llegar la literatura al intentar comprender la conciencia de alguien responsable de actos atroces?

El odio, de Luisgé Martín

Pocas obras recientes han llevado tan lejos el debate sobre los límites de la literatura como El odio, de Luisgé Martín. El libro se construye a partir de la figura de José Bretón, condenado por el asesinato de sus dos hijos en 2011, y de las conversaciones y correspondencia que el escritor mantuvo con él durante años. Martín intenta aproximarse a la mente del asesino y explorar las razones de una violencia extrema, utilizando las herramientas de la novela de no ficción.

La polémica llegó antes incluso de que el libro pudiera instalarse en las librerías: Ruth Ortiz, madre de los niños asesinados, y la Fiscalía solicitaron que se paralizara su publicación, al considerar que podía vulnerar los derechos de los menores fallecidos. Aunque los tribunales rechazaron las medidas cautelares, Anagrama decidió primero suspender su distribución y posteriormente extinguir el contrato de edición. El caso convirtió El odio en algo más que un libro sobre una persona real: en un ejemplo extremo de la tensión entre libertad literaria, derecho a la intimidad y respeto a las víctimas.


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