Sergio Ramírez: la novela negra según un Premio Cervantes y académico de la RAE
El escritor nicaragüense publica ‘La maldición de Ramfis’, una nueva entrega de su serie dedicada al inspector Morales y que desentraña la historia reciente y el presente de América latina.
Una foto discreta en la casa madrileña de Sergio Ramírez muestra al escritor nicaragüense en uno de los momentos estelares de su vida: la entrega del Premio Cervantes en 2017. Esa imagen no es solo la del reconocimiento a una obra, sino que también su presencia allí señala que el escritor ya se encuentra en su nuevo hogar. Desde 2021 vive en el exilio, como consecuencia de su rechazo al régimen de Daniel Ortega, el segundo de su vida después de experimentarlo en los 70 por su oposición a la dictadura de Anastasio Somoza. Una condición, la de español, con la que recalca que ha entrado recientemente en la Real Academia de la Lengua, ocupando el sillón que dejó vacío Mario Vargas Llosa.
Ese pasado, la experiencia desde el exilio y la historia reciente de Nicaragua, pero también de toda América latina, está presente en La maldición de Ramfis, la última novela de Ramírez y la nueva entrega de su serie dedicada al inspector Morales. Un investigador también en el exilio cuyos casos nos adentran en esa historia reciente que explica el presente. Hablamos con Ramírez de su concepción de la novela negra y los libros a los que ha vuelto recientemente.
Video: entrevista con Sergio Ramírez sobre La maldición de Ramfis
Para Sergio Ramírez, escribir las novelas del inspector Morales supone cierta complejidad, en cuanto a que su historia está intrincada en el presente. “No es un personaje del pasado, sino un personaje de hoy, y la historia va desarrollándose a la par de su propia vida”, señala. “Resolverlo en una novela no es fácil porque él avanza junto a los acontecimientos. No es un protagonista político, sino un personaje que va al margen registrando lo que sucede e interviniendo desde ese margen a través de los casos de corrupción, que cada día son mayores en un país bajo un régimen dictatorial que, a la vez, nació de una revolución en la que el propio inspector Morales creyó un día y que formó parte de sus motivaciones éticas: hacer que esa revolución triunfara y después se desarrollara”.
Dicho de otra forma, La maldición de Ramfis, como las anteriores obras en las que aparece este personaje, sirven para explicar el presente de su país y de otros que han vivido situaciones similares. “Recuerdo siempre que Borges decía que la novela negra parte de un esquema más o menos invariable y que para él eso suponía una cierta limitación. Creo que tenía razón”, apunta. “La estructura de la novela negra gira siempre alrededor del descubrimiento de un criminal y de los motivos de su crimen. Algunas veces, siguiendo el modelo clásico de espacio cerrado (en este caso es un barco), todos los sospechosos están reunidos en ese espacio y la labor del detective, aquí el inspector Morales, consiste en descubrir al culpable. Ese es el esquema clásico. La diferencia aparece cuando observamos que las investigaciones, en el modelo anglosajón, se desarrollan dentro de una normalidad judicial. Los jueces son impolutos, los fiscales incorruptibles, los sospechosos solo pueden ser interrogados dentro de los límites legales, deben contar con abogado y no pueden ser golpeados ni torturados. Todo eso salta en pedazos cuando nos trasladamos a América Latina”.
Escribir una novela criminal en ese contexto, por tanto, exige otras herramientas. “La novela negra se tiñe de la realidad política, de los regímenes dictatoriales y arbitrarios, y la política entra por esa puerta porque es la realidad misma. La vida privada y la vida pública terminan confundidas, explica Ramírez. Para ello, el autor recurre a una visión particular del mundo a través de su personaje: “El inspector Morales resuelve su posición crítica a través del humor negro, enfocando los acontecimientos que le toca vivir sin salirse del margen, entrando en ellos, pero siempre a través de una visión humorística”.
Un crimen en el mar que remite al pasado
En el caso de La maldición de Ramfis, la idea para la trama partió de una imagen real. “Hace algunos años estaba en San Juan del Sur y una mañana me levanté y contemplé en la bahía un velero de cuatro palos. Era una visión inusual”, recuerda. “Aquel antiguo velero era el Sea Cloud, y descubrí que realizaba escalas en distintos puertos transportando turistas de alta gama, cincuenta o sesenta pasajeros millonarios. Lo que más me llamó la atención fue saber que ese barco había sido en otro tiempo el famoso yate Angelita, perteneciente al generalísimo Trujillo, y que su hijo Ramfis lo utilizaba como un cabaret flotante. Aquella conexión me fascinó”.
Otro hecho real completó la idea. “Tiempo después, ocurrió algo en Nicaragua algo que también llamó mi atención: comenzaron a pasar por el aeropuerto de Managua miles de migrantes llegados en vuelos chárter desde África, Asia y distintos lugares de Oriente Medio. Desembarcaban en Managua y atravesaban el país hasta la frontera con Honduras para continuar su ruta hacia Estados Unidos. Era un negocio muy lucrativo para el régimen”, cuenta. “Entonces conecté ambas cosas. Imaginé un crimen cometido en ese barco, que sale de San Juan del Sur y llega hasta las aguas de Costa Rica, a Bahía Salinas, donde precisamente se encuentra exiliado el inspector Dolores Morales. Allí se produce un asesinato relacionado con el tráfico de migrantes”.
Heredar el sillón de Vargas Llosa
La maldición de Ramfis llega poco después de su ingreso en la RAE, ocupando el sillón de un autor que también tenía una habilidad especial para narrar los rincones oscuros de la historia de América latina. “Vargas Llosa tenía ese raro don de la ubicuidad literaria. Era capaz de tomar como propios escenarios de Guatemala, República Dominicana, Brasil o incluso el Congo para desarrollar sus novelas”, apunta Ramírez. “Para mí ha sido una gran escuela. Yo también me siento un escritor de los escenarios de América Latina, no únicamente de mi propio país. Costa Rica, por ejemplo, es un país que conozco profundamente porque viví allí muchos años, y por eso es el escenario de esta novela”.
El escritor bromea que el ingreso en la RAE es “un reconocimiento de la tercera edad”. “No es un embalsamamiento, sino un reconocimiento que corona una carrera dedicada a la literatura, a las palabras y a las letras. También consolida mi presencia en España. Siento que reafirma unas raíces que han ido creciendo lentamente a lo largo de estos años de estancia aquí. Me he ido incorporando a la vida cultural y social española y cada vez me siento más en mi propio país. Y, por supuesto, entro en la Academia como español, no como nicaragüense”.
Pese a que el exilio está presente tanto en su vida como en su obra, reconoce que algo ha cambiado. “Cuando llegué a España, en septiembre de 2021, tenía lo que yo llamo el síndrome de la maleta abierta. Vivía en Madrid, pero no en un lugar fijo: me alojaba en hoteles o en casas de amigos y siempre tenía la maleta abierta”, explica. “Ahora ya la he cerrado. Ya sé que vivo en España y que probablemente aquí me quedaré para siempre. La tentación o la posibilidad de regresar sigue existiendo, pero ha pasado a un segundo plano. Hoy mi realidad es que vivo en España y estoy plenamente incorporado a su vida”.
Aquí también prepara sus siguientes obras, en las que podría volver el inspector Morales. “Dependerá también de los temas, no doy por cerrado el ciclo”, señala. Pero lo que escribe ahora son sus memorias de infancia, cuya publicación llegará el próximo año. “El libro se titulará Retrato de familia con volcán, porque siempre evoco el volcán que servía de telón de fondo al pueblo donde nací: el volcán Santiago”, cuenta. “Quiero contar la historia de mi familia. Quien tiene una familia numerosa tiene muchas historias que contar. Yo llegué a tener veinte tíos y unos sesenta primos. Es un universo completo. Las historias de mis abuelos, entrelazadas con la historia del pueblo, son el material sobre el que estoy trabajando”.
Libros recomendados por Sergio Ramírez
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Estoy leyendo La familia Moskat, de Isaac Bashevis Singer, una novela monumental que enseña mucho sobre la vida de los judíos en Polonia entre las dos guerras mundiales. Mis afectos literarios suelen moverse entre Joseph Roth e Isaac Bashevis Singer; pertenecen, en cierto modo, a universos semejantes.
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También estoy releyendo Middlemarch, de George Eliot, una obra monumental que sigue siendo para mí una escuela de aprendizaje.
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Por otro lado, vuelvo a Borges. Me enviaron desde Alfaguara una recopilación de su poesía y lo estoy releyendo, como he hecho constantemente a lo largo de mi vida.
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También las tragedias completas de Sófocles. He vuelto a ellas porque han sido fundamentales en mi formación como lector.