Inma López Silva
Lo que opina Inma López Silva
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Tenía seis años y vi en mi casa ese libro, en la colección juvenil de Círculo de Lectores, y me llamó la atención que hubiese sido escrito por una mujer, a diferencia de casi todos los demás libros de la colección, así que lo cogí, con intención solo de observarlo y comencé a leerlo. Se convirtió en el primer libro largo de mi vida. No es que la historia en sí me marcase nada, incluso creo que no me interesó demasiado. Pero sí el hecho de estar, a aquella edad, enfrascada en la lectura, entendiendo de algún modo que ahí había una forma de sentir, de entretenerme y de imaginar que no había vivido y que quería vivir para siempre. Por eso es un libro importante. Es el que me convirtió en lectora.
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Lo releo constantemente y todavía logra fascinarme con su sabiduría sobre el ser humano y su poder evocador a través del simple estilo. Todo Shakespeare es esencial para mí. Y es imposible decir de él nada que no se haya dicho ya.
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Si en alguien he admirado la destreza literaria, casi hasta el punto de desear su disección técnica para apropiarme de ella, esa es Munro. Leer los relatos de Demasiada felicidad ha sido seguramente la mejor lección literaria de mi vida, y una de las obras que más abrumada emocionalmente me ha dejado. Sus cuentos rozan la perfección por su simbiosis entre el estilo y la tecla sentimental que tocan.
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Auster es uno de los escritores vivos que más admiro. Lidera de algún modo mi grupo de referentes norteamericanos (en otro lugar están los franceses), donde también se encuentran Husvedt, DeLillo, Roth, Franzen, Atwood o Munro. En Mr. Vértigo admiro su capacidad para profundizar en los personajes a través de sus acciones, así como la forma en la que, a partir de una historia casi disparatada, Auster es capaz de explicar toda una época y una forma de revolucionaria de comportamiento.
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Hay un antes y un después en mi vida marcado por la lectura de este libro, que día a día se demuestra todavía necesario y clarividente. Creo que Beauvoir es la gran pensadora del siglo XX, pues ha sido capaz de realizar una explicación totalizadora de lo que somos y de nuestro comportamiento, llamando a una revolución maravillosamente justa. ¿Qué más se puede pedir?
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Soy una vitalista absoluta y leer a Nietzsche a los dieciocho años aproximadamente me ayudó a situarme en un lugar determinado frente a los demás. Con Nietzsche decidí que yo no sería de las que mueren la vida, sino de las que toma sus decisiones para vivirla, con sus consecuencias, por supuesto, y con la dimensión artística como forma de completar la limitadísima realidad circundante. Quizá soy la persona libre que me he permitido ser gracias a ese libro. Pienso muchas veces en eso.
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Lo releo constantemente y todavía logra fascinarme con su sabiduría sobre el ser humano y su poder evocador a través del simple estilo. Todo Shakespeare es esencial para mí. Y es imposible decir de él nada que no se haya dicho ya.