Karina Sainz Borgo
Las estanterias de Karina Sainz Borgo
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Libros detrás del último gran fenómeno literario, Karina Sainz Borgo
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El sótanoBegoña Huertas
Lo que opina Karina Sainz Borgo
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Es de las más grandes novelas que sobre el vacío y la insatisfacción se hayan escrito jamás. Nunca la historia de un adulterio en una ciudad de provincias fue tan universal. Escribiéndola, Flaubert nos abocetó a todos. La compulsión y aparente frivolidad de Emma Bovary nos anticipa y explica. Defendida en su día por Baudelaire, reivindicada por Zola, rescatada por Sartre y amada por Nabokov, esta novela de Flaubert no prescribe. Es una biblia a la que regreso, una y otra vez, buscando valor.
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Es uno de los libros más esclarecedores del maestro. Su uso de la crueldad y la metáfora de la ceguera, esa visión tóxica y terrible de los que se destruyen a sí mismos y, por supuesto, ese portento de inicio: “Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen”.
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A Coetzee le debo horas y horas de lectura activa, de desgaste y angustia, de emoción e incomodidad, que es como pienso que se leen (y se escriben) los libros verdaderos o lo que yo considero como tales. Desgracia es una historia terrible e iluminadora sobre nuestra propia capacidad de sufrir y compadecernos. Me cuesta separarla de Esperando a los bárbaros, otro libro del que aprendí ese uso sofisticado de la política como alegoría. Si mi prosa aspira a algo es a sacudir como él lo consigue.
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Testigo de la historia de Austria y completo renovador de su literatura, Thomas Bernhard se hacía llamar el Gran Denigrador. Sintió por su país un malestar que atraviesa las 19 novelas y 17 obras teatrales escribió. Su saga autobiográfica, que incluye El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño fue un descubrimiento mayúsculo. En sus páginas, Bernhard describió como nadie la náusea que generan las patrias y la sobreactuación de lo propio. Si tuviera que elegir uno de sus libros sería Sótano. Fue el primero que cayó en mis manos y, desde entonces, no pude parar de leerlo.
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No hay una sola estatua de Miguel de Cervantes ante la que no me arrodille, para suplicar que alguna vez pueda escribir algo parecido a una página de las suyas. ¡Aunque sea una… o la cuarta parte! Leí el Quijote con veinte, dando saltos y sin comprender. A los treinta volví a él y descubrí esa secreta arquitectura de su forma de relatar. Pero fueron sus Entremeses lo que me dieron curiosidad y alegría ante el hecho literario. Desde El hospital de los podridos hasta el Juez de los divorcios, es oro en paño. Una clase de ironía.
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Hay libros que te salvan del hundimiento y este para mí ha sido tan importante como en la música Mahler , la pintura de Velázquez o el taconazo de Guti a Benzemá (y los que son futboleros saben que no frivolizo). Los María Mancinis de Filipe Luis y Hans Castor marcaron una larga estepa en la que no sabía qué era leer ni mucho menos escribir. No tenía trabajo, ni perspectivas y quería escribir… sin saber cómo. Mucho más que su Felix Krull, que me dio horas de risa y técnica. Este libro me enseñó a leer, el paso más importante para aprender a escribir.
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Este libro de la Nobel sudafricana Doris Lessing, lo leí muy joven. Lessing es una de las autoras que más acertadamente entendió el mundo: el de las mujeres y el de los hombres. Lessing es una criatura de fronteras. Se mostró crítica con el estalinismo mucho antes que un puñado de pensadores y escritores y acaso consciente de que su propia vocación era más fuerte que el rol que la naturaleza y la sociedad le impusieron, no aceptaba de buena gana que le endosaran un feminismo con el que estuvo en desacuerdo. Lo consideró una simplificación de la relación entre hombres y mujeres. Los derechos debían de ser para todos, y así lo defendió. Y aunque hay quienes blanden El cuaderno dorado para justificar la obcecada discusión entre género y literatura o una escritura femenina, su figura brilla todavía más no como la de una escritora mujer, sino como una mujer que escribía.
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Javier Marías me condujo a Shakespeare. No puedo separar uno del otro. Javier Marías, con su potentísima Mañana en la batalla piensa en mí y su trilogía Tu rostro mañana me abrió un mundo que me condujo a Shakespeare. “Mañana en la batalla, piensa de mí, y caiga tu espada sin filo: ¡Desespera y muere!”, le susurran los espectros de todos aquellos a quienes Ricardo III ha dado la espalda o les ha procurado la muerte: el duque de Clarence, ejecutado por orden suya; lord Hastings, también condenado por traición; los príncipes Eduardo V y Ricardo, sus sobrinos, a quienes torturó y asesinó en la Torre de Londres; su aliado, el duque de Buckingham, muerto también; su desafortunada mujer, Ana, a la que repudió… Todos acuden la víspera del enfrentamiento en Bosworth, donde Ricardo III habrá de desplomarse pidiendo un caballo. El último monarca inglés muerto en un campo de batalla fue retratado –y vapuleado- por William Shakespeare, quien convirtió al jorobado y maligno miembro de la casa de los York en protagonista de la última obra de la tetralogía que dedicó a la historia de Inglaterra y cuyos dilemas vuelven a mí, siempre.
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Para este libro fue muy importante el descubrimiento de George Durrell, al que no conocía. Cualquier libro suyo hace que te rías de cosas que no tienen ningún sentido.
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Volví a la Ilíada y a la Odisea. Me divertí un montón con la edición de Blackie porque no conocía la traducción del inglés, la que le gustaba Borges. Es un clásico, pero tiene mucho de aventuras.
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Un libro que no me importa volver a leer ocho veces.
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Como lectora de Loriga y de conocer todos sus libros, veo cada vez a un Loriga más maduro. Me conmovió muchísimo.
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Recuperé mucha literatura erótica, y volví sobre La llama doble, de Octavio Paz, un librazo.
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Dentro de los hallazgos recientes, que no son tan recientes, otro fue Olga Merino. Me dejó completamente fascinada.
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Recuperen los bestiarios de Borges, tanto el que tiene con Bioy Casares como uno mucho más pequeñito que lo hace por su cuenta y me pareció prodigioso.
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De los libros que trabajé para Nazarena, y que es una biblioteca del trastorno absoluto, voy a ir del más antiguo al más reciente. Uno de los libros que trabajé muchísimo fue El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, porque tenía todos los elementos que a mí me interesaban, además especialmente en el enloquecimiento y en cómo escondemos la enfermedad y la monstruosidad, y me pareció un libro aterrador.
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En teatro, trabajé desde la tragedia clásica, Shakespeare, Lear, pero para ponerme en el comienzo, para acercarme más al presente, trabajé mucho con el teatro de Juan Mayorga y con el teatro de Alberto Conejero. Básicamente, esa capacidad que tiene Conejero con Laurencia, pero sobre todo con Leonora Carrington, de sacar las voces femeninas de un conjunto y explotarlas. Además, he de decir que el teatro acudió a mi ayuda, cuando ya hubo un tiempo en el que no podía avanzar, en el que no sabía avanzar.
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Hay una tercera línea que es muy importante para mí para trabajar cada vez más, que es la poesía. Era inevitable no buscar una poesía de aquel tiempo. Por supuesto, leer todo Lorca, porque si a mí se me iba a ocurrir poner a un personaje a hablar como Lorca, tenía que familiarizarme con El romancero gitano, o Poeta en Nueva York.
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En la última parte, en la que trabajé muchísimo las sagas familiares, me gustó mucho Los ilusionistas. De hecho, me dio pena haberla leído una vez que había entregado el manuscrito, porque me habría ayudado mucho. Como ejercicio de novela familiar, me parece exquisito.