Decesura
Julio PrietoEditorial: Libros de la ResistenciaISBN: 9788419943606
Sinopsis
Tomemos un nombre y apellido. Supongamos que sea el de un (ya casi no) presidente. Nos quedan doce caracteres recortados sobre el escritorio: una «p», una «d», una «o», una «r», una «z», una «s», una «c», una «h», una «a», una «z», dos «e». Se pone en marcha la alquimia de las combinaciones. La escena se abre con Pedor Ezschan, pero enseguida nos encontramos con Seron Pachezd, que podría ser un secundario calvo de Hollywood de origen búlgaro o balcánico, en una película de los cuarenta featuring el rotundo Oz Pederansch y el galán Ezra Desponch; con fotografía del húngaro Sandor Pecehz y titulada Rumano, demasiado rumano. Chen Pedrozas, en cambio, suena a poeta texana de madre china, y Zach Deperons a telepredicador que anuncia la apocalíptica amenaza representada por un candidato marroquí.
El nuevo orden del nombre del padre (político) contiene también firmas comerciales, como Porsche Nadez (del melancólico hijo de Na). Y Car Depezhons, del siempre apresurado emprendedor con semejante apellido. Ropas Chendez fácilmente podría haber cerrado sus puertas en Lavapiés para dejar paso a un animado café de especialidad para expats regentado por Drez Phonseca. Lástima que Porc Adesenzh suena algo exótico para charcutería catalana.
«¡A este libro le falta el elemento lírico!», protestará el socio bienintencionado de un grupo de lectura de poesía. «En efecto, este autor no sabe qué es la emoción», lo apoyará, por pura conveniencia, el coordinador de la actividad. ¿Pero cómo? ¿No se imaginan la disipación y –después– el remordimiento en la vida de Pecando Sehrz; la infancia sin amor de Adoren Chepsz; el angustioso sentimiento de no pertenencia de Hors Decapenz?
En este epigrama: «Odio y amo. Cómo hago esto, quizá te preguntes./ No lo sé, pero siento que así es y me atormenta», Catulo consiguió meter ocho verbos conjugados en tan solo dos líneas. Dos mil años después, Julio Prieto compensa el dispendio: en Decesura no hay ni un solo verbo; y, para que el balance sea irreprochable, tampoco hay adjetivos, ni adverbios, ni artículos, ni nombres comunes. Es un libro escrito sin palabras, y contiene más personajes que Guerra y Paz. Un prodigio de la poesía política, cuando ya desesperábamos de que tal cosa existiera.
Edgardo Dobry