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El cuento en español, en el momento de hacerle frente a la novela

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Carlos Rey España /

En uno de los relatos de Era todo el mismo hueco, el último libro de Eider Rodríguez, una escritora de cuentos está trabajando en una novela. “Eso son ya palabras mayores”, le dice otro personaje, en una de las más claras representaciones en la ficción de lo que mucha gente piensa de ambos géneros. Esto es, el primero como un aperitivo, o como un aprendizaje, del segundo. El entrante contra el plato principal. La bicicleta con ruedines y la de carreras. Una impresión que cambia con las latitudes. 

En España, el sino del relato (o del cuento, como prefiramos llamarlo) ha sido siempre ese. Los grandes nombres de nuestra literatura fueron primero poetas o dramaturgos, pero desde El Quijote el gran artefacto cultural en esta parte del mundo es la novela. Una sombra que no es tan grande en otros lugares del mundo, con tradiciones como la anglosajona que han dado a escritores y escritoras que utilizaban ambos géneros por igual, y con alguno de sus grandes nombres (de Poe a Cheever, de Carver a Munro) especializado en el cuento.

En estos días, coinciden en las librerías varios libros de relatos de algunos de los grandes escritores en castellano de la actualidad, casi todos desde América latina. Uno de ellos es La antártica empieza aquí, el debut de Benjamín Labatut, ahora recuperado tras el éxito de sus novelas, Un verdor terrible y MANIAC. Otro es Miembro fantasma, de la uruguaya Fernanda Trías, publicado por una editorial que ha hecho del cuento su bandera como Páginas de Espuma. También Diecinueve garras y un pájaro oscuro, de la argentina Agustina Bazterrica, o Vista del abismo, del colombiano Tomás González. El pasado año, uno de los libros más celebrados por la crítica fue El buen mal, de una autora como Samantha Schweblin que ha cimentado su prestigio a base de cuentos. Como también lo ha hecho otra autora argentina como Mariana Enriquez.

La lista llegada del otro lado del Atlántico sería demasiado larga como para incluirla aquí, y tiene que ver no solo con una tradición que no hace distinciones en la longitud de una ficción, con referentes como Rulfo, Borges o Cortázar, sino también en una falta de prejuicios sobre lo que lleva a la gran literatura. Un desdén, el que sufre el cuento, que pocas veces se supera, y que se aprecia también en los grandes premios. En 2023, Cristina Fernández Cubas, una de nuestras mayores cuentistas, recibió el Premio Nacional de las Letras, pero ella es una de las excepciones en un reconocimiento que se centra mayoritariamente en la novela, con excepciones puntuales para la poesía.

Ese impulso del cuento llegado desde América latina, con autores y autoras que ganan cada vez más lectores y lectoras en nuestro país, podría ser aprovechado para romper por fin esa separación artificial entre la novela y el relato en España. Un problema de percepción que no se justifica con los logros de cada género: hay relatos que llegan a lugares en los que no más de 300 páginas no alcanzan. 


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