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Cuando la realidad alcanza a la ficción: cómo leer libros de distopía en 2026

Especial Cuando la realidad alcanza a la ficción: cómo leer libros de distopía en 2026

Carlos Rey España /

En un momento de Arca, la novela que Ricardo Menéndez Salmón publica la próxima semana, hay una frase que, más allá de contexto de lo que está contando, parece definir nuestro presente: “Nuestras distopías se habían transformado en novelas históricas”. Esa es una sensación que ha ido creciendo poco a poco en los últimos años para explotar definitivamente en 2026, amplificada por una actualidad que parece cada día más grotesca, más irreal y más amenazante: el momento que describían muchas de las obras de la llamada literatura de anticipación ya ha llegado. O ha ido llegando, tan poco a poco que era difícil advertirlo, pero ya estaba ahí.

Estaba ya ahí cuando George Orwell nos hablaba de la vigilancia masiva y de gobiernos autoritarios que reescriben la historia, y también en la sociedad narcotizada por el entretenimiento y los medicamentos de Un mundo feliz. Pero también en muchas otras obras que van más allá de los dos clásicos más reconocibles del género. Estaba en el control y el poder de las grandes compañías tecnológicas de El círculo de Dave Eggers y en el cibercrimen y la Inteligencia Artificial de Neuromante, de William Gibson. Incluso Margaret Atwood vio en los retrocesos del derecho al aborto un paso más hacia la Gilead que nos mostró en El cuento de la criada. La llamada de alerta que ha caracterizado siempre a la distopía no ha surgido efecto, y ahora, en efecto, la ficción distópica va camino de ser ficción histórica.

Quizás parte de ese resultado hay que buscarlo en el abuso de la distopía, desde la literatura al cine o la televisión, que ha explotado los posibles futuros hasta el punto de desposeer al género de su mirada crítica y presentarlo como mero entretenimiento. Las sociedades apocalípticas, las explosiones atómicas, plagas, virus y zombies son tan constantes que apenas se distinguen entre sí. El mismo espectáculo del que nos alertaba por ejemplo Ray Bradbury ha acabado por fagocitar la literatura de anticipación para devolverla en tramas y personajes que en muchas ocasiones se basan en la mera aventura (la lucha por la supervivencia) y descartan la reflexión sobre el devenir de las sociedades humanas.

La pregunta es obvia, llegado este punto: ¿Cómo podemos leer distopías en un momento en el que la realidad parece haber alcanzado al género? ¿Han perdido su sentido? La respuesta, quizás, tiene que ver más en dónde buscamos. En la literatura de Latinoamérica, por ejemplo, en la que la distopía ha florecido en los últimos tiempos alejada de la mirada anglosajona y su vertiente próxima al entretenimiento, como en Mugre Rosa, de Fernanda Trías, Iris, de Edmundo Paz Soldán, los relatos sobre la Inteligencia Artificial de Alberto Chimal o la visión más delirante y humorística de Michel Nieva. Todas esas visiones, y otras tantas, plantean posibles escenarios que nos cuestionan nuestro futuro, que nos hacen preguntarnos sobre nuestro presente, y no solo entretienen. Porque la ficción, en particular la literaria, sigue teniendo ese poder, el de hacernos reflexionar, aunque ahora sea cada vez más complicado distinguirla de la realidad.

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