Emiliano Monge: la delgada frontera entre memoria y ficción y los límites de escribir sobre la propia vida
El escritor mexicano explora los vínculos entre memoria, ficción y lenguaje, y reivindica los límites éticos de la literatura.
Cuenta Emiliano Monge en En lengua privada los pormenores de los días en los que su hermano estuvo ingresado de gravedad en un hospital. Algunos de esos detalles, que acabaron en el libro, fueron rebatidos primero por su pareja y luego por su propio hermano. Eso que percibió y que su memoria le decía que sucedió acabó siendo su recuerdo, pero no era real. Sirva esta pequeña historia para presentar En lengua privada, el nuevo libro del autor mexicano que, por primera vez, no solo se basa en su propia experiencia, sino que la escribe desde un yo claro.
Pero tampoco estamos, no teman, ante un libro de autoficción. Las vivencias (sobre la enfermedad, la mortalidad y otras cuestiones de la edad) le sirven para reflexionar sobre la memoria, la imaginación y cómo el lenguaje (y, por extensión, la literatura) moldean a ambas. Sobre todas estas cuestiones, además de sus libros favoritos recientes, hablamos con el autor mexicano.
Video: entrevista con Emiliano Monge sobre En lengua privada
Emiliano Monge no tenía pensado escribir En lengua privada. Más bien, fue una especie de refugio. “Cuando termino un proyecto y llega el periodo entre una novela y el comienzo de otra, lo paso muy mal”, confiesa. “Pierdo un poco el control de la vida cotidiana, de mi estado de ánimo, de mis humores; me siento extraviado en la escritura”, explica. Estos textos, por tanto, nacieron como una vías de escape. “Fue como un refugio: escribir un relato en torno a la escritura, a mi proceso y a la memoria”. Hasta que se fue convirtiendo en algo más, tanto que hasta le costó desprenderse de este libro. “Era el lugar al que podía volver y, al final, hasta engañé a mis editores: les di la mitad de lo que tenía para conservar ese espacio, porque, si no, no iba a tener adónde regresar”.
Esos textos en los que se salvaguardaba abordaban cuestiones que ya habían aparecido en su literatura, pero de una forma distinta. “Para mí es muy importante que los libros no se parezcan entre sí. No por una cuestión relacionada con los propios libros, sino conmigo”, explica. “La escritura tiene que interesarme desde el lenguaje, desde la posibilidad de aprender algo nuevo y de enfrentarme a algo que no había afrontado antes”.
Esa es una de las razones por las que adoptó por primera vez un narrador que es el propio Monge. “Construir un narrador muy distinto de mí es el primer paso para crear los personajes de mis libros, y no empiezo a escribir hasta que lo tengo muy claro” detalla. En este caso, en cambio, se trata de recuperar las voces que tuvo en distintos momentos de su vida: “Trato de encontrar la voz que tenía cuando me sucedió lo que cuento en cada relato. ¿Cómo era mi voz hace diez años? ¿O hace cinco? ¿O hace treinta? De algún modo, el yo también está ahí, en ese narrador, aunque sea un yo de otro tiempo”.
La memoria como ficción
La frontera entre autobiografía y ficción conduce a una de las preguntas centrales del libro: ¿hasta qué punto podemos confiar en nuestros recuerdos? Para Monge, la propia identidad es una narración. “Si yo te pregunto quién eres, tu respuesta será un relato. Para contestarme, construirás un relato sobre ti mismo. Ese relato es ficción”, cuenta. “La imaginación le va comiendo terreno al recuerdo. Cada vez que nos alejamos del suceso, lo reconvertimos en algo más. Y seguimos reconvirtiéndolo”, afirma. Una transformación que no siempre es deliberada. “No es lo mismo que yo decida cambiar algo de un recuerdo para que funcione en lo que estoy escribiendo. En ese caso, soy consciente de la modificación. Pero cuando recordamos, lo hacemos de manera inconsciente, porque, de algún modo, la memoria es como necesitamos que sea para que nuestro presente se sostenga”.
La memoria, por otro lado, no es exclusivamente propia para Monge. “No solo tenemos memoria de las cosas que nos han sucedido, sino que esa memoria se entremezcla con la de lo que hemos leído: con las cosas que les han ocurrido a los personajes que nos han apasionado y con las relecturas que hemos hecho de determinados libros”, detalla. “Todo eso constituye una especie de magma que se va mezclando y nos da la personalidad que tenemos. Tenemos una personalidad formada por las personalidades de quienes hemos leído. Somos personas que no tenemos una sola ética, aunque muchas veces creamos que deberíamos tenerla. En realidad, tenemos muchas: las éticas de los personajes que nos han apasionado, de las historias que hemos leído. Somos una mezcla de éticas, políticas y estéticas”.
La enfermedad, la vejez y el cuerpo
La memoria, tema central del libro, se relaciona con otras experiencias que adquieren un significado diferente cuando dejan de ser abstractas. La enfermedad, la muerte y el envejecimiento aparecen vinculados a la proximidad de los demás y a los cambios que impone el paso del tiempo. “Lo que vuelve real la muerte no es cumplir cincuenta años, sino que la muerte se cierna sobre los padres de uno”, señala. “No es lo mismo que te cuenten que hay un enfermo o alguien que se está muriendo que tener que cuidar a una persona enferma o que se está muriendo. Esa proximidad del cuidado, esa cercanía que nos recuerda emociones como la ternura, hace que todo eso se vuelva real. Le da un cuerpo concreto. Es a través de los otros, del relato de los otros y de la manera en que nos contamos la enfermedad ajena, como esta se vuelve algo completamente tangible”.
La reflexión sobre la memoria plantea, además, una cuestión ética: ¿hasta dónde puede llegar un escritor cuando utiliza experiencias compartidas con familiares y amigos? Monge considera que invocar a la libertad creativa no basta. “Me parece que, como escritor, es muy fácil evadir la responsabilidad en nombre de la libertad. Más aún ahora, cuando la libertad de expresión parece validarlo todo”, apunta.”Para mí, lo único peor que el censor, peor que la censura, es el delator, la delación. No puedes convertirte en delator. Al menos, ese es el límite que me impongo: no convertir nunca en delator al narrador, y mucho menos al autor o al propio texto”.
Libros recomendados por Emiliano Monge
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Pensaría, antes que nada, en un libro que para mí es un acontecimiento y que acaba de salir en Anagrama: los diarios de Sergio Pitol. Pitol es uno de los grandes escritores mexicanos, un gran prosista y un traductor fenomenal. Si quieren leer un libro y saben que existe una traducción hecha por Pitol, leanla. Sus traducciones eran portentosas.
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También pensaría en un libro reciente de un escritor de mi generación: un ensayo titulado Lo intolerable, de Enrique Díaz, en cuadernos de Anagrama.
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Me parece un libro bellísimo y fortísimo. Trata sobre el suicidio de sus hijos y consigue que ese tema, además de ser brutalmente doloroso, evidentemente, tenga luz. Logra construir un libro que incluso calificaría de luminoso, a pesar del asunto que aborda. Y eso es algo que solo la literatura puede conseguir.
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Creo que pertenece a una época de la literatura rusa que, si existe algo que podamos llamar la época dorada de una literatura, sería esa: la que va de 1850 a 1950. Cada vez que reaparecen estos libros o se publican nuevas ediciones, como sucede con Doctor Zhivago o, por ejemplo, con El maestro y Margarita, resulta brutal descubrir hasta qué punto siguen siendo actuales. Consiguen diseccionar la pasión que hay detrás de los hechos. Todo aquello que parece un hecho histórico está siempre cubriendo el funcionamiento de determinadas pasiones humanas. Creo que pocas veces en la historia se ha hecho una disección de esas pasiones humanas como la que encontramos en esa gran época de la literatura rusa. Por eso me parece un libro tan potente.