La novela que convierte a Vargas Llosa en un juego: Gustavo Faverón Patriau y sus libros favoritos
Gustavo Faverón Patriau publica Madame Vargas Llosa, una novela breve y profundamente metaliteraria en la que el escritor peruano convierte a Mario Vargas Llosa en personaje y explora los límites entre realidad, ficción y literatura.
Si la sombra de Mario Vargas Llosa es enorme para cualquier novelista de lengua hispana, lo es más aún para un escritor peruano. Incluso uno que se sale de las definiciones habituales como Gustavo Faverón Patriau. Después de dos novelas inclasificables y de largo aliento como Vivir abajo y Minimosca, el autor decidió imponerse una serie de límites formales. El resultado es Madame Vargas Llosa, una novela mucho más breve, pero igualmente diferente. En sus páginas se juega con la figura de Mario Vargas Llosa, con sus libros y con la propia idea de escribir.
La novela, primera entrega de un ciclo titulado Más opio para el pueblo, incorpora personajes reales y ficticios, distintas voces narrativas y una trama en la que literatura popular, telenovela, fantasmas y alta literatura conviven sin dejar de confundirse. Hablamos con Gustavo Faverón Patriau de todo ello y de algunos de sus libros favoritos
Video: entrevista con Gustavo Faverón sobre Madame Vargas Llosa
Explica Faverón que Madame Vargas Llosa nace, precisamente, de una voluntad de hacer algo distinto. “Venía de escribir dos novelas muy largas y muy complejas, que son Vivir abajo y Minimosca. Las dos originalmente comenzaron como proyectos breves. Vivir abajo originalmente eran un par de cuentos y debían ser simplemente unos pocos cuentos más, y Minimosca había comenzado como una novela muy corta, que se terminó convirtiendo en una de las partes de la novela”. El escritor decidió entonces cambiar de estrategia. “Cuando comencé el siguiente proyecto, pensé en hacer una cosa un poco distinta, en hacer una serie de novelas, pero que cada una fuera una novela breve”. La experiencia anterior le había enseñado que necesitaba establecer límites antes de comenzar. “Como ya he tenido tantas veces la experiencia de comenzar relatos breves que crecen desmesuradamente, mucho más allá de lo que yo quiero, pensé que era una buena idea ponerme límites, límites prácticos, digamos”.
Uno de esos límites tenía que ver con el tiempo. Faverón quería escribir la novela durante un único verano. El otro estaba relacionado con su punto de partida: una canción de los Beatles, Eleanor Rigby. “Quería hacerlo usando solamente el verano del año pasado, de mayo a agosto, para escribir la novela completa, incluyendo cualquier investigación que tuviera que hacer”. La elección de la canción respondía también a una cuestión estructural. “Es una canción muy simple, en cierta forma, es una canción compleja, cuenta una historia que es difícil de entender y que tú puedes interpretar de muchas maneras, pero tiene solamente dos personajes y solamente tres escenas”. Para el escritor, aquello funcionaba como una garantía frente a sus tendencias expansivas: “Si escribo una novela sobre solamente estos dos personajes y tratando de completar un poco la historia de estos dos personajes, no va a poder ser una novela de mil páginas, aunque yo quiera”.
La aparición de Vargas Llosa
La investigación llevó a Faverón a Liverpool y Londres, antes de regresar a Maine, donde vive. Pero la escritura no terminaba de funcionar. “Me quedaba ya solamente un mes del verano, que era agosto, para escribir todo. Y comencé a escribir, según yo, Eleanor Rigby, sin mucho éxito. Porque no encontraba la voz del narrador”. La solución llegó a través de una pregunta: “¿Qué pasa si esta fuera una novela escrita por otra persona?”. Y esa otra persona terminó siendo Mario Vargas Llosa. Comenzó entonces a escribir una parte de la historia de Eleanor Rigby con la voz de Vargas Llosa. “Le envié por correo las páginas que había escrito a mi esposa, que estaba en Lima en ese momento. Me respondió que había cosas que le gustaban y otras que no. Me dijo que el argumento no era muy claro, pero que le gustaba la voz del narrador”.
La reacción le hizo cambiar el rumbo del proyecto. “Para mí fue un poco agridulce como comentario, porque lo que no le gustó a mi esposa era la historia que yo estaba imaginando y lo que sí le gustó era la voz de Vargas Llosa, básicamente”. De ahí surgió la idea central: “Sería interesante explorar un poco la idea de un personaje que intencionalmente trata de escribir novelas de Vargas Llosa”.
La relación del autor con Vargas Llosa no era, sin embargo, una cuestión puramente literaria. Como muchos escritores peruanos de su generación, Faverón se acercó a sus libros desde muy joven. “Las primeras veces que yo leí algo y pensé: yo quiero hacer esto, yo también quiero escribir libros, fueron libros de Vargas Llosa. Yo tenía unos catorce o quince años”. Entre ellos estaba La ciudad y los perros. “Vargas Llosa fue para mí esa especie como de faro. Yo diría que gran parte de mi vocación literaria viene, la produce, mi encuentro con sus libros”.
Años después, la relación pasó de la admiración al contacto. Tras publicar su primera novela, El anticuario, Faverón recibió una carta de Vargas Llosa. “Me escribió una carta muy larga, un par de páginas, que en verdad parecía como una reseña, con muchos detalles y comentarios sobre el libro”, recuera. La carta incluía además una invitación a tomar un café cuando coincidieran en Lima. “Y eso ocurrió, y después ocurrió muchas veces. Tuve una relación que para mí era un poco surreal, porque él había sido una especie de héroe literario”.
La relación política entre ambos era muy diferente. “Yo no podría estar más lejos de Vargas Llosa políticamente, pero literariamente siempre lo he sentido muy cercano”. Y esa cercanía literaria terminó entrando en Madame Vargas Llosa, aunque no fuera una decisión consciente desde el principio. “Yo no lo pensé cuando lo comencé a hacer, pero en verdad esta novela la escribí tres meses después de su muerte”.
Una mujer que quiere escribir las novelas de Vargas Llosa
En Madame Vargas Llosa, la figura del escritor peruano se convierte en uno de los elementos de un mecanismo mucho más amplio. “El personaje que le da título a la novela, Madame Vargas Llosa, es esta mujer transgénero en Brasil que, en la segunda mitad de la década del 70, lee tres novelas de Vargas Llosa, queda fascinada y quiere leer las siguientes y luego descubre que no hay más porque Vargas Llosa en ese momento solamente ha escrito tres”.
A partir de ahí, toma una decisión extraordinaria: “Un poco por decisión propia pero también un poco por una especie de locura, decide que ella va a escribir las próximas novelas”. Faverón utiliza además un elemento real de la relación entre Vargas Llosa y sus lectores: su carácter de escritor público, que hablaba de sus proyectos antes de publicarlos. “Vargas Llosa era un personaje tan público que sobre todo en los 70 y 80, los lectores en general no solamente conocían los libros que él ya había escrito, sino que todo el mundo sabía cuál era el libro que Vargas Llosa estaba escribiendo porque él hablaba mucho sobre sus proyectos”.
La protagonista descubre que la siguiente novela de Vargas Llosa transcurrirá en Brasil y que el escritor viajará allí para documentarse. “Lo que ella decide es que no va a esperar a que Vargas Llosa la escriba, la va a escribir ella misma. Y luego pasa el resto de su vida escribiendo la próxima novela de Vargas Llosa”. La operación recuerda inevitablemente a Pierre Menard, el personaje de Borges que decide escribir El Quijote. Pero Faverón introduce una diferencia fundamental. “Una especie de Pierre Menard, pero al mismo tiempo con la diferencia de que Pierre Menard acierta y escribe El Quijote. Mientras que ella escribe La guerra del fin del mundo, La tía Julia y el escribidor, La fiesta del Chivo, lo que fuera, pero nunca da en el clavo».
Entre personajes reales y personajes inventados
El juego no se limita a Vargas Llosa. Faverón incorpora a personajes reales vinculados con la historia de La guerra del fin del mundo, como el cineasta Ruy Guerra, junto a otros personajes que nacen de la ficción y otros que se encuentran en una zona intermedia. “Lo que quería era crear que hubiera una especie de cadena de personajes, que no hubiera simplemente personajes reales y personajes ficticios, sino que hubiera grados de realidad y grados de ficción en cada personaje”. Esa mezcla permite que la novela se mueva constantemente entre distintos registros.
Uno de esos personajes es Fittipaldi, vinculado a la televisión y a las telenovelas. “Está basado en un personaje de Vargas Llosa, que es Pedro Camacho, el escribidor de La tía Julia y el escribidor, que es autor de guiones de radio y novelas. También aparecen personajes completamente ficticios, como Rita Fontana. «Es una de las narradoras, que además no solamente es ficticio, sino que es un personaje muy literario, es una especie de fantasma, digamos, y su voz convierte a la novela en una especie de historia de fantasmas, sobre todo en el último tramo de la novela».
Esa diversidad de narradores permite que Madame Vargas Llosa cambie de naturaleza a medida que avanza. “Quería que cada uno de esos personajes, todos narran, cada uno narra una parte de la historia, y quería que cada uno de ellos le diera un cariz distinto a la novela”. El lector puede encontrarse así con una novela cambiante: “Quería que tú sintieras que la novela por momentos era realista, que por momentos era más bien absurda, que por momentos era más como literatura popular, en el sentido de que las telenovelas son literatura popular, o cuentos de fantasmas”.
Libros recomendados de Gustavo Faverón Patriau
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Es muy absurdo mencionar Los hermanos Karamazov, que es el que estoy leyendo en este momento. Hay una traducción al español, más o menos reciente, que estoy leyendo ahora, y es la primera vez que leo Los hermanos Karamazov en español. Me ha descubierto una novela que yo no recordaba la complejidad, la maravilla y la modernidad de esa novela, y la cantidad de tonos y de tipos de historia que atraviesan Los hermanos Karamazov.
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Otro que no es ninguna novedad, y no sé si hay traducciones recientes en español, es un libro inglés del Barroco que se llama La anatomía de la melancolía, de Richard Burton. Para mí es un libro que yo leo así como la gente religiosa lee la Biblia, o el Corán, o la Torá, o lo que fuera. Lo abro en cualquier página, leo unas cuantas páginas, lo cierro, siempre te deja lleno de ideas. Es un libro que fue escrito por alguien que sufría de una depresión clínica severa, en una época en que no solamente no existía ese diagnóstico, sino que no existía la psicología y la psiquiatría formalmente. Pasó casi toda su vida escribiendo ese libro, volviendo a escribir, reescribiendo, añadiéndole cosas. Cualquier historia que él sintiera que podía ser una ilustración, un ejemplo, o que pudiera él conectar de alguna manera con la idea de melancolía, la recogía y la añadía al libro. Entonces, el libro es muy caótico, pero es una cosa curiosa: tú lo puedes leer como un caótico libro del periodo barroco inglés, o como una novela absolutamente experimental del siglo XXI, y siempre funciona. Es una cosa extraordinaria.
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¿Puedo recomendar un autor que no sea un libro? Y otra vez va a ser un poco obvio, pero Karl Ove Knausgård, el noruego. Obviamente, la saga autobiográfica, Mi lucha, es muy conocida, pero hay otra serie que comenzó después que se llama La estrella de la mañana, si no me equivoco. Hay unos tres volúmenes probablemente ya publicados en español y cuatro en inglés, pero creo que son seis en total. Es una cosa extraordinaria, es una saga y tú comienzas a percibir recién en el tercer volumen por qué es un conjunto, cuando comienzan a reaparecer ciertos personajes. Pero es un libro que al mismo tiempo parece estar influido por la literatura más clásica centroeuropea y europea en general del siglo XX, digamos, pero también por cosas como Stephen King, que para mí siempre es una cosa divertida encontrar rastros de Stephen King en literatura que parece tener fuentes completamente distintas. Stephen King, dicho sea de paso, vive en el pueblo al lado de mi pueblo, en Maine. Yo vivo como en el escenario de una novela de Stephen King. Los libros de Knausgård, en general, me parece una buena recomendación, sobre todo porque mucha gente tiene la imagen de ese tipo de narración tan lenta que parece que no ocurre nada, que es lo que marca sobre todo los primeros tres volúmenes de Mi lucha, y yo creo que eso está haciendo que mucha gente se pierda otras cosas que Knausgård ha escrito, comenzando por el último volumen de Mi lucha, que yo creo que es la novela más espectacular que yo haya leído de las escritas en el siglo XXI.
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Hay un poeta peruano al que yo admiro mucho, que se llama Mario Montalbetti. Hay una edición de su poesía completa que se llama Lejos de mí decirlas. Hay una edición española, de hecho, más o menos reciente también. La primera edición es peruana, creo que hay una publicada en España hace relativamente poco. Es un poeta que a mí me parece completamente deslumbrante y mucho menos leído de lo que debería. Muy influyente en el Perú y en el Cono Sur, en Chile, en Argentina, se le lee mucho. Tiene una cosa curiosa: es un poeta que es un filósofo del lenguaje, es un lingüista, y uno siente que su poesía es muy divertida, por otro lado, es muy narrativa, pero uno siente que al mismo tiempo hay una gran reflexión sobre el lenguaje, que es muy interesante.