Dibujar lo fantástico: Tomás Hijo sobre poner en imágenes a Frankenstein, Drácula o El señor de los anillos
El ilustrador Tomás Hijo habla de su trabajo a su paso por el festival Celsius 232
Los amantes de la fantasía y el terror conocen bien el trabajo de Tomás Hijo. Desde hace años, este artista construye imágenes para algunos de los territorios más reconocibles de la literatura de esos y otros géneros. Su trabajo parte a menudo de personajes que el imaginario popular ha representado hasta la saciedad y de mundos que parecen difíciles de traducir a una imagen sin caer en lugares comunes. Su respuesta pasa por la documentación, la memoria del lector y una técnica tan antigua como exigente: el grabado.
Su participación este año en Celsius 232, festival al que acudió primero como lector y después como autor, le ha permitido ampliar esa relación con la literatura fantástica. Allí ha presentado una gran exposición y ha participado en distintas actividades relacionadas con las leyendas y el folclore. También ha trabajado junto a Rodrigo Cortés en La piedra blanda, un libro concebido como un diálogo entre texto e imagen en el que ambos autores exploraron hasta dónde podían llevarse mutuamente.
Video: entrevista con Tomás hijo
Tomás Hijo comenzó acudiendo al festival Celsius como lector, según explica, atraído por un territorio que forma parte de sus intereses personales. Con los años, su presencia se transformó en la de un autor invitado. Este año, además, la organización le propuso realizar el cartel del festival sin imponerle unas directrices concretas. “Mi participación aquí es, ante todo, un honor, porque yo llevo ya viniendo a Celsius varios años”, cuenta. “Empecé viniendo, digamos, como civil, o sea, como lector que venía por pura afición, porque este es mi mundo, y después he estado viniendo algunos años ya como autor”.
La propuesta del cartel acabó creciendo hasta convertirse en una colaboración mucho más amplia. “No me daban ninguna directriz, que eso es una cosa que a veces es más difícil”, recuerda. El desafío consistía en encontrar una imagen capaz de condensar el espíritu del festival. De ahí surgieron después la exposición y distintas actividades vinculadas a las leyendas y al folclore, dos de sus grandes intereses. “Para mí ha sido una oportunidad muy buena, por el amor que le tengo a este festival”, asegura. “Yo siempre recomiendo a todo el mundo con el que me encuentro, que va a festivales, siempre digo: tenéis que ir a Celsius, porque es el mejor”.
Dibujar sin ataduras
Uno de los problemas más interesantes de su trabajo aparece cuando tiene que enfrentarse a personajes cuya apariencia parece haber quedado fijada para siempre. Drácula, Frankenstein o Frodo tienen ya rostros asociados a películas, ilustraciones y adaptaciones que condicionan la mirada del lector. Hijo explica que, en esos casos, el primer desafío es “encontrar una forma de representar ese mundo que sea nueva”. Para conseguirlo, vuelve a su propia experiencia como lector: “Intento ir a mis lecturas adolescentes y tratar de recuperar las imágenes que yo formé en mi cabeza en aquel momento”.
Después llega un proceso de eliminación. “El trabajo es casi un trabajo de desbroce, de ir eliminando otros Dráculas”, dice. Con Tolkien, por ejemplo, se trata de intentar desprenderse de la imagen cinematográfico: “Intentar quitarle a Frodo la cara de Elijah Wood, que es una cosa que a veces es bastante difícil”. Pero hay un problema todavía más concreto cuando el texto aporta detalles que no forman parte del imaginario popular. “En el libro, si alguien está leyendo en la página, por ejemplo, que Drácula tiene bigote, yo tengo que inventarme un Drácula con bigote”, explica. “Y eso es un desafío importante porque el bigote de Drácula no está en la imaginería popular”.
De Lovecraft a Tolkien: ilustrar lo que el texto no muestra
El problema cambia cuando el personaje o el monstruo no tiene una imagen previa tan consolidada. En el caso de Lovecraft, además, la dificultad está en que sus criaturas suelen aparecer descritas de una manera poco concreta. “Lovecraft tiene ese desafío de que no es un autor muy descriptivo y que todos los monstruos que él describe casi te los explica por las reacciones que los personajes tienen ante ellos”, señala. Por eso, su estrategia consiste en trasladar esas reacciones al aspecto de las criaturas: “Lo que tienes que hacer es, de alguna forma, intentar reflejar esas reacciones, cómo ven los personajes al monstruo en la imagen del monstruo en sí”.
En ese proceso se aproxima al trabajo de los diseñadores de personajes de las películas de animación. “Intento que con cuatro claves que hay en el guión transmitir esas cosas”, explica. “La dificultad estriba en encontrar esas palancas que te permitan dar un aspecto visual a los monstruos”. A esa invención se suma una importante labor documental. Vestuario, arquitectura, objetos y contexto histórico son también parte de la construcción de sus imágenes. “Trabajas un poco también como un director de arte de una peli y vas seleccionando todos los elementos”, apunta.
El grabado como una forma de libertad
Su técnica también condiciona esa relación entre texto e imagen. Frente a una ilustración fantástica de apariencia casi fotográfica, Hijo trabaja con una técnica arcaica como el grabado. “Las técnicas habituales son muy pseudo-fotográficas, tratan de presentarte lo que estás viendo casi como en una foto”, explica. “Pero yo, como utilizo una técnica muy arcaica, que es el grabado, entonces eso crea una especie de separación y el estilo gráfico que yo utilizo no te obliga a ser demasiado literal”.
Esa distancia le permite cierta libertad. “No tienes que ser absolutamente representativo de lo que estás escribiendo”, afirma. Incluso cuando los personajes se parecen entre sí, el propio lenguaje del grabado introduce una convención visual que el lector acepta. “Todo el mundo entiende que lo que está viendo ahí es una representación como de segundo orden, como si estuviera viendo un cuadro gótico o un fresco románico en el que todos los apóstoles tienen la misma cara”, señala. “Entonces eso me permite alejarme un poco del texto en algunos momentos y estar más a salvo que otros ilustradores”.
La piedra blanda: un libro a cuatro manos
Si normalmente Hijo trabaja desde la soledad del estudio y recibe unas instrucciones deliberadamente abiertas, La piedra blanda le obligó a cambiar por completo de método. El proyecto, realizado junto a Rodrigo Cortés, nació como un auténtico diálogo entre texto e imagen. “Lo que dimos en llamar en la promo del libro como un cantar a dos voces, un trabajo a cuatro manos”, explica.
La experiencia fue especialmente fértil porque Cortés, además de director de cine, conoce profundamente el lenguaje visual. “Es un tipo que sabe mucho de cómics, sabe mucho de ilustración y entiende muy bien lo que es la naturaleza visual de un proyecto”, apunta Hijo.
El proceso consistió en un continuo intercambio entre texto e imagen. Cortés había escrito inicialmente un texto mucho más extenso y, a partir de los primeros bocetos de Hijo, comenzó a eliminar aquello que ya estaba contado visualmente.
“Cuando él me pasó el primer texto, yo hice como un abocetado general del libro y entonces él sobre eso empezó a ver que había cosas que ya estaban explicadas en las imágenes y empezó a cargarse parte del texto”, recuerda. La operación funcionaba también en sentido contrario. “Cuando yo veía eso me daba cuenta de que había algunos ajustes que se podían hacer o que él me sugería y los íbamos haciendo”. El ordenador se fue llenando de bocetos, escaneos, fotografías y versiones sucesivas hasta encontrar el núcleo definitivo de la obra.
Había, además, una limitación física que obligaba a trabajar con especial precisión: “En el grabado no hay control Z, o sea, en el grabado no puedes retocar”. Por eso, antes de comenzar a ejecutar las piezas definitivas, todo tenía que estar decidido. “El proceso más largo, más que el de hacer el propio libro, fue el generar todo ese empaste entre las imágenes y los textos”, cuenta. El resultado buscaba una precisión casi mecánica: “Una cosa muy minuciosa, muy de relojería, en la que cada letra, cada rasgo de mis grabados tiene una justificación muy clara para estar ahí”.
Libros recomendados por Tomás Hijo
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Empezaré por uno de mis libros favoritos, que es Las crónicas del Sochantre, un libro de un escritor gallego que desarrolló su carrera más o menos en el siglo XX, que se llama Álvaro Cunqueiro. Y es un libro fascinante de una procesión de muertos, son una danza macabra por la Bretaña de la Revolución Francesa.Entonces, es un libro de fantasía que muy poca gente conoce y que recomiendo a todo el mundo.
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Luego podría recomendar otro de mis libros favoritos, que es Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke, que es una novela enorme, una novela sobre el resurgimiento de la magia en la Inglaterra victoriana, pero contada de una forma maravillosa, es como una novela de Jane Austen, pero mezclada con tintes mágicos. Y es una maravilla.
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Otro de mis libros favoritos, que es Mi último suspiro, de Luis Buñuel, que es una falsa autobiografía y que también de alguna forma describe y define a uno de mis enormes ídolos, que es Luis Buñuel, y del que, por cierto, hay mucho en La piedra blanda, tanto de Buñuel como de Cunqueiro. Cuando Rodrigo y yo estábamos haciendo ese libro, hablábamos con frecuencia de ellos dos.
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Por último, yo recomendaría a todo el mundo que leyera Todo el Hellboy, dibujado por Mike Miñola y escrito por él, que me parece una serie de cómics absolutamente fascinante, donde están todas las cosas que yo amo y, además, dibujadas por uno de los mejores dibujantes que hay en el mundo y del que yo he aprendido muchísimo.
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