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Rodrigo Cortés: 'Hija del cielo' y otros libros que viven en un universo propio

El escritor y cineasta presenta su última novela, de nuevo una obra que habita un mundo propio.

Rodrigo Cortés (foto: Librotea)
Rodrigo Cortés (foto: Librotea)
Guillermo Arenas España /

En Hija del cielo, la última novela del escritor y cineasta Rodrigo Cortés, hay una muchacha encerrada en una habitación sin ventanas, no sabemos si poseída por el maligno pero sí desde luego por una desbordante imaginación. La habitación está en una institución religiosa al borde de un cortado frente al mar, y el edificio en Gabaón, un pueblo que parece situado en el fin del mundo. Allí, además de monjas y monjes, está el padre Alén, una figura intimidante. Con esos mimbres, el escritor y cineasta teje de nuevo una obra que habita su propio mundo y tiene sus propias reglas.

Los límites entre el bien y el mal se desdibujan, así como entre lo real, lo onírico, lo fantástico y lo aterrador. Hablamos de todo ello y nos recomienda otros libros que crean su universo propio.

Video: entrevista con Rodrigo Cortés sobre Hija del cielo

Rodrigo Cortés: Hija del cielo y otros libros que crean su propio universo
Rodrigo Cortés


Cuenta Rodrigo Cortés que las ideas “casi nunca son un destello que te derribe del caballo”. Sin embargo, en el caso de Hija del cielo buscaba partir de lo mínimo. “Una parte de mí estaba buscando una propuesta muy contenida que poder ensanchar, porque muchas veces las premisas muy limitadas permiten establecer todo tipo de tentáculos en muchas direcciones con particular precisión”, señala. “En un momento dado pensé que una niña encerrada en un cuarto sin ventanas, tal vez poseída, tal vez santa, tal vez loca, tal vez mentirosa, podía ser lo que andaba buscando. Pero aún no sabía dónde estaba. Y eso me hizo imaginar la figura del padre Alén, el anciano sacerdote vertical y enjuto, con voz de rallador de pan. Y a partir de ese binomio se fue ensanchando el universo. Una vez decidí que esa habitación estaba en un colegio, que estaba en un cortado frente al mar, en un lugar llamado Gabaón, al que había que dotar de verdad”.

Hija del cielo

Hija del cielo

Rodrigo Cortés
Random House

Con esas premisas, Hija del cielo avanza alternando dos voces, la de un narrador y la de la niña, distintas hasta casi ser antagónicas. “Recordé una novela estupenda de John Fowles, El coleccionista, que también fue una película de William Wyler, que contaba un secuestro desde dos puntos de vista”, relata. “Primero contaba el secuestro entero desde el punto de vista de la secuestrada y después desde el secuestrador. Y decidí que no iba a hacer eso, que no quería tener que rebobinar la historia, sino que iba a alternarla. Es decir, la cronología iba a mantenerse lineal, pero iban a alternarse las voces y las perspectivas, con voces muy distintas”.

Esa alternancia es uno de los muchos contrastes de Hija del cielo. “La voz del narrador es precisa, busca la musicalidad exacta, la ubicación exacta de la palabra que es para generar una sonoridad imprecisa, desde esa omnisciencia, que es por razones naturales más exigente desde lo estilístico”, detalla. La voz de la niña, por otro lado, la define como “salvaje, desenfrenada, bífida, tumultuosa, agreste, incontenible, ingobernada, entregada a una sintaxis dislocada, con errores gramaticales constantes, con expresiones robadas de zonas de Aragón, o de La Mancha, o de Castilla, o del norte de España, y me entregué a su torrencialidad, a su desorden y a su caos, que es parte de sí misma y parte de la novela”.

Una historia de contrastes

El de las voces empleadas no es el único juego de contrastes de la novela. “En Hija del cielo y en Gabaón en general, el bien y el mal se confunden”, apunta Cortés. “No es solo que haya fronteras difusas o barreras imprecisas, sino que muchas cosas son buenas y malas a la vez. Uno tiene que decidir por cuál se decanta, cuál es el mal menor”. Como telón de fondo, las imágenes y ritos religiosos. “La iconografía católica es casi imbatible desde lo escénico, por lo litúrgico, por lo arcaico, por ese orden hecho muchas veces de silencio, con jerarquías establecidas que, sin embargo, se agrietan cuando uno se asoma. Y ese orden aparente hecho de pequeños órdenes en ciclos constantes, incluso litúrgicos, incluso en lo referido a la palabra. Si piensas en un exorcismo, por ejemplo, palabra que no se usa jamás en la novela, nunca se dice posesión, nunca se dice exorcismo, nunca se dice diablo. Incluso si piensas en un exorcismo, hay alguien que está tratando de combatir una fuerza sobrenatural y en teoría malvada con la palabra, con el orden concreto de determinadas letanías o jaculatorias hechas de forma cíclica, lo cual es sorprendentemente literario”, apunta.

En una trayectoria literaria que incluye obras tan diferentes como Verbolario, Cuentos telúricos o La piedra blanda, junto al artista Tomás hijo, la obra de Rodrigo Cortés se caracteriza por la creación de universos tremendamente personales. “En lo personal me interesa la realidad, pero me interesa poco en la obra creativa”, señala el autor. “Sí me interesa, o trato de que los personajes o que la propia obra accedan a determinadas formas pequeñas de verdad, si quieres llamarlas así, pero la verdad en la creación muchas veces se expresa con mayor fuerza a través de la mentira o a través de la ficción, a través de la invención”.

“Cada obra demanda sus propias armas y tonos, pero todas las obras de un autor proceden del mismo cerebro dañado”, prosigue. “Otra cosa es la arbitrariedad. Cuando se genera un mundo puedes inventarlo y puede tener sus propias reglas y la gente puede flotar cinco centímetros por encima de la silla o ir cinco minutos al pasado a por las llaves para poder llegar a casa. O puede suceder, como en la novela, que la niña se escapa de su cuarto a través de los sueños, pero eso no tiene nada de metafórico porque luego vuelve por la puerta. Puedes generar ese mundo, pero tiene que ser un mundo real. Y el lector tiene que percibirlo como real”.

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    Es probablemente mi obra predilecta de Salinger. No sé exactamente por qué. Porque hay un equilibrio perfecto entre forma, fondo, sofisticación, profundidad, ligereza, absurdo, acción, diálogo. E incluso técnicamente es de una precisión muy acomplejante, con qué naturalidad introduce acotaciones en diálogos muy fluidos que se ven acompañados por pequeños gestos en el fumar, en el recoger la ceniza, en el limpiar el vaho del baño, de forma que no hay apenas solución de continuidad entre acción y diálogo. Me resulta profundamente fascinante en la expresión de su mundo interior.

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    Glenat

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    Un cómic, basado en un relato de Marcel Schwob, un autor francés, semioscuro ya, pero con una capacidad poética infinita, que es El capitán Escarlata, que ilustró Guibert y que escribió o que adaptó David B., que es uno de mis autores predilectos de cómic, de tebeo. Generalmente también dibujante, no en este caso, en que cede los pinceles a Guibert. Y es un volumen no muy grueso, pero una vez más profundamente poético, que se entrega a sus propias reglas y que se abre en 15 posibles significados, todos los cuales afectan inevitablemente al lector, no solo a su cabeza, sino a su emoción, ni a su piel.



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  1. novela